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Project for illustrate a short story.
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“Escuché el estruendo sordo y ensordecedor, nunca había presenciado el sonido de un balazo y menos de tan cerca. Lo vi caer, sangrando. Mientras, en algún lugar seguía sonando la voz de Dylan diciéndome que no lo pensara dos veces, que estaba bien. Aunque ya se mezclaba con una especie de zumbido extraño.
Lo vi caer, sangrando. Una caída lenta y apesadumbrada; casi aburrida. Parecía más sorprendido que muerto. Me miró a los ojos, pero en su mirada ya no había nada, solo un hueco en el que él seguía cayendo y buscando una explicación. Cuando cayó, su cabeza golpeó dos veces el suelo. Fueron dos golpes secos y duros. No gritó, no se quejó, no se movió ni se tocó el golpe para ver si había un chichón. Solo se quedó ahí tirado, inmóvil, mientras que del cañón del revólver aún salía humillo y yo hacía esfuerzos para contener su retroceso en mi brazo.
Por alguna razón, él siempre había preferido los vinilos. No sé cuánto tiempo pasé observando su cuerpo, pero me dí cuenta de que era tarde. La sala parecía más oscura y la aguja del tocadiscos rayaba las notas vacías del The Freewhelin’. En el fondo era irónico que hubiera sido capaz de hacerlo.
Me acerqué al tocadiscos y, sin soltar el arma, levanté la aguja. Me volví a embobar mirando el cañón del revólver. Él siempre me había insistido: no se llamaba pistola a un revólver; un revólver es otra cosa. En mis manos tenía un 26, japonés, con tambor de 6 balas y una inscripción en el lateral que rezaba “武士道”; el camino de un guerrero que no conocimos. Nunca supe de dónde lo sacó. En ese momento me habría gustado preguntarle pero, lógicamente, ya era tarde. Desde luego, un revólver era otra cosa; la sensación no dejaba de ser extrañamente poética. No podía dejar de pensar en un anticuado capitán de la caballería japonesa, lanzando su última carga a golpe de sable, cayendo de su caballo y recurriendo a las 6 balas de su 26 como medida desesperada contra lo inevitable.
¿De dónde lo habría sacado él?
Saqué el vinilo del tocadiscos y lo lancé contra una pared. Rebusqué entre un montón de álbumes que estaban guardados en una caja bajo el reproductor hasta que encontré el que buscaba y lo puse con el 26 en la mano. Me di la vuelta y me aproximé al cuerpo. El silencio del vinilo dio paso a unas notas, y al poco, Nina Simone comenzó a preguntar Oh Sinnerman, where you gonna run to?
Nunca había presenciado el sonido de un balazo, y menos de tan cerca. Sentí el deseo de hacerlo otra vez. Él tenía razón, una vez que empezaba no podías detenerlo. Era como una droga vieja y antigua, que venía a atraparte desde algún lugar muy lejano. Se equivocó cuando dijo que no era capaz, pero no lo volvería hacer. Desde luego que no, al igual que no se había tocado el golpe al caer, no volvería a dudar de mí.
El tocadiscos gritaba power to the Lord, como un baile en una noche africana. Sentí el fuego creciendo en mí, avivando el dolor de todo lo que nos había llevado hasta allí. Podía terminarlo. Liberarme de esas imágenes y de las anteriores. Olvidarme del capitán japonés, avanzar hacía un silencio completo y arrojarme a su compañía. A pesar de todo, no creía que pudiera vivir en soledad.
Apunté a la cabeza y no tuve miedo. Don’t you know that I need you.Apreté el gatillo. La canción terminó. Y me mantuve allí de pie sin comprender que con el primer disparo, ya me había rodeado del más completo de los silencios.”
Ink with Adobe Illustrator.