Punto de cruz

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  • Estoy segura de que empezó a hablar por elmero gusto de poder criticarme y que yo la oyera. Era salir a jugar al jardín yencontrármela, allí, con su mirada acusadora. Hasta que empezó a decir todoaquello que pensaba en voz alta. “Nena, ponte recta, que si andas encogida teva a salir chepa”. Yo decidí no hacerle caso, y seguir con mis solitariosjuegos de niña pequeña, pero llegó el día en el que me pudo la crispación y nopude morderme la lengua. Me acerqué con los ojos llorosos y los puños apretadosa causa de sus hirientes palabras, ¿Pero quién era ella para juzgarme de estamanera?
     
    -       “Nena, como sigas llorando tevoy a dar una razón para que llores de verdad.”
     
    Estoy segura que fueron esas frases. Y esetonillo que usaba al decirlas, el tonillo sobretodo. Con el tiempo no pudeevitar caer en su juego y acabé contestándole. Así fue como se convirtieron enhabituales nuestras discusiones por la mañana, antes de ir al colegio. Y alvolver. Me enojaban tanto las charlas que teníamos y condicionaban mi estado deánimo de tal manera que todos a mi alrededor se daban cuenta.
     
    En la escuela me llevaron al psicólogo delcolegio donde conocí a niños que comían pegamento o mordían a otros niños. Noentendía por qué me juntaban ahora con esos niños tan raros. “Eso te pasa porir como una pordiosera, tal y como vas, con lo mal que vistes no te pondránnunca en la clase de los guapos. Y para lo poco que sonríes no te casaremosnunca.”  
    Mi familia decidió tomar medidas másdrásticas y optópor probarla hipnosis y el electro shock. Bueno, enrealidad siempre pensé que fue mi madre movida por los celos y la rabia de queyo tuviera todas esas discusiones con una piedra del jardín y no con ella. A mipadre poco le importaba que me comunicase solamente con la piedra, él siemprefue un hombre ocupado. Decía que entre las tres le teníamos frito. Mi madre lerecordaba a gritos que sólo éramos dos.
     
    Al final mi madre empezó ir al psicólogotambién. Pura envidia. Ella nunca supo aceptar no ser el centro de atención yque una maldita piedra le robara el protagonismo le hacía sentir menospreciada.En el psicólogo del cole nos daban merienda. Yo la alargaba el máximo posiblepara volver a casa tarde. No soportaba su discurso entre gritos y la falta dediálogo en su monólogo.
     
    Para evadirme del numerito diario de mi madreempecé a tejer un jersey de lana blanco para ELLA, claro. El punto de cruz merelajaba, sentía la seguridad de la fuerte y suave lana y en la mirada de mimadre sentía el arrepentimiento de haberme enseñado a tejer. Heredé de susmañosas manos la habilidad y la destreza de donde salió el Jersey blanco decuello alto. Creo que en algún momento mi madre pensó que lo cosía para ella ypor culpa de eso aparecieron unas manchas de lejía que le habría tirado mimadre en forma de venganza.
     
    Ahora ya podía sacarla a pasear sin quepasase frío. Ya no podría repetirme nunca más eso de “Me tienes aquí muerta de frío,sin rebequita ni ná. Estoy más sola que la una.”
     
    Mi cumpleaños fue una ruina. No vino ningunode mis amigos, decían que yo era rara. ¡Y eso que yo nunca les había dicho nadacuando se comían los lápices de cera! Pero poco a poco fueron dejando sus maloshábitos y yo seguía siendo la rara, “la de la piedra”. Me consolaba pensar queyo al menos tenía una de las dos madres que me quería. Los demás padrescuchicheaban cuando me veían mientras me señalaban de forma poco sutil. Algunosprofesores me trataban como si les fuera a morder y a mi familia la llamabandesestructurada.
     
    Recuerdo que una noche mi madre no dejaba degritar y dar vueltas por la casa. “Ya no puedo más. Aquí nadie me quiere.” Enese momento cruzó el jardín sin volver la mirada atrás. No era momento paraponerme con el punto cruz, ya no relajaba. Necesitaba huir de mi vida por unosinstantes y desconectar para ver las cosas con perspectiva. ¿Qué estabapasando? ¿Por qué me sentía así?
     
    En ese momento decidí salir con ELLA apasear, no aguantaba más esa tensión y que intentaran hacerme creer que siempreera todo culpa mía. ¡A ELLA nunca le decían nada! –“Eso es culpa tuya, ¿por quétenías que empezar a hablar conmigo? ¿Es que acaso eres la única que me oye? Sino me hundieras tanto la moral ni se hubieran enterado de que hablas… Siempreme estás comparando con el hijo del vecino, que si siempre llegas tarde, que site pongas un suéter que refresca, que ya harás lo que quieras cuando tengas tupropia casa… ¡Pues igual sea hora de que dejes de decirme lo que tengo quehacer!, ¿no? Quizás sea hora de que dejes de cargar conmigo. Y seguimos adelante.
     
    A medida que nos adentrábamos en el camino,la tensión entre nosotras aumentó hasta el punto de sentir la crispación en suresoplar. Ninguna sabía donde acabaría todo esto. La odiaba con toda mi alma yal mismo tiempo, había estado siempre ahí, para apoyarme en mis momentos másbajos, pero también para machacarme constantemente.
     
     Y derepente él. Una voz a lo lejos y el sonido de una carretilla. Nos detuvimos ala vez, y no hicieron falta palabras. Él se giró y zanjó la discusión queestaba teniendo al decir “…ves? Por eso no me gusta hablar contigo”. Acabó lafrase y clavó sus ojos en mí. Fue enrojeciendo poco a poco. Seguimos ahora sí,juntos nuestro camino. El jersey de lana y las manchas de lejía quedaban ya alo lejos y ELLA se convirtió en otra piedra del camino.