Posesión minanimal

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  • El pianista, embarazado de su música, golpea la tecla número cincocomenzando por su hombro izquierdo, señal utilizada por el mono para salir dela caja de zapatos con la gran sorpresa de la fiesta. Los asistentes aplauden alunísono entre carcajadas y alaridos, salvo una señorita de gigantesco sombrerode avestruz, que en la confusión, ha vertido la copa de vino sobre su ombligo.

    El único camarero contratado para las tareas de distribución yconsumo popular, recorre un salón lleno de fieras salvajes, proporcionandosorbetes de champán a una velocidad inusitada aprovechando el impulso de suspreciosos patines de ruedas rojas.

    Alguien grita, ¡Vivan los novios!, un bombero de profesión tratade apalearlo con el extintor del recibidor, se defiende ante nuestras atentasmiradas, el jarrón de margaritas recién cortadas por un marinero vietnamita, atenor, extra en las películas de Bruce Lee, sale despedido de su mano impactando estrepitosamente en la mesa númerocatorce, dónde un ventrílocuo en paro, hace las delicias de los presentes consu calcetín remendado.

    De repente, una nubecompacta, compuesta por el grupo de antidisturbios del ballet ruso, irrumpepara sofocar la rebelión de las masas iniciada en ese espacio circular ycompuesta por los hombres y mujeres hiena del departamento de prótesisbancarias. A estas alturas los focos sublevados son abundantes y se desparramancomo corpúsculos luminosos dañando las retinas de un personal ávido de imágenescautivadoras.

    La pista de baile simula una jaula de macacos en un zoobombardeado por los ejércitos de la OTAN. Los miembros, piernas, manos, yrostros desencajados se suceden caóticamente en una danza de barcobamboleándose a la deriva.

    Mi compañero yace sobre el plato de lubina roncando como unauténtico ángel del infierno. Le atizo una patada en las costillas, hace ademánde golpearme y le propino un puñetazo en el vientre. Gime como un lastimerocachorro buscando a su dueño, la borrachera le impide ser un oponente digno de compasión,el calvo de su izquierda ha decidido raparle el pelo, no intervengo.

    Harto de soportar ese espectáculo boscoso, acudo a la barra parasometerme a la terapia definitiva de ingesta alcohólica. La mujer barbuda seencarga de distribuir cócteles de eléctricas tonalidades a los cuales añade,con su anillo de bruja buena, un toque de especias orientales. Presenta unahermosura minanimal que contrasta con la fealdad del mundo que nos rodea.

    Solicito con una ternura cósmica un gin-washington special, ellame añade unas gotas de mandarina salvaje del caribe y me sonríe. Esa sonrisa esuna invitación a conversar o quizás a proposiciones mas indecentes. Me apoyo enel confesionario para desplegar mis estrategias de seducción, sin advertir comouno de los enanos de blanca nieves se dispone, sin venir al cuento, a darme unpuñetazo en el mentón.

    La primera arcada sobreviene al caer sobre un amasijo de carne ypelo. Enfrentado cara a cara sobre ella, me atrae recuerdos de un pasadocercano, mezcla de pareja de baile y Heidi suiza disfrazada de horizonteperdido. Sus tacones se clavan en mi entrepierna y el sabor a vómito depiscifactoría no hace sino aumentar mis ganas de no reconciliarme con elplaneta.

    Me incorporo como puedo con ayuda de un maleante que me sale alpaso, desesperadamente busco el baño. El camarero atraviesa mi camino errantedispuesto a ser un jodido satélite desviado de su órbita complaciente. Suspupilas dilatadas indican una alta ingesta de estupefacientes, le meto el pieentre las ruedas y sale por encima del resto de la basura espacial alcoholizadaantes de impactar sobre una de las mesas, en esos momentos, dispuesta aparapetarse contra el ataque de una división de niños superdotados que analizanla situación por orden del gobierno central.

    Aprovecho los momentos de confusión para iniciar una búsquedadesesperada por todas las habitaciones del hotel. El jodido retrete no aparecepor ninguno de esos lugares multirraciales, mundos que no están para preguntasestúpidas. Cautivo de mi educación escandinava, soy incapaz de desahogarme encualquier miserable rincón construido para desnutridos economistas políglotas.

    En una puerta en la que llego a leer a duras penas kunsthausDarnsted Muller, se interpreta una ópera alemana con la preciosista voz detenor anarquista de un hombre guturalmente fornido. Un canto de Maldorordesolador que emana de su parche ocular. A su lado un gato persa toca la tubainflamando sus gordos mofletes con habilidad de conservatorio austriaco.

    La imagen, llena de una ternura asimétrica, hace que las lágrimasrevuelvan un vómito que asciende inexorablemente hacia un desenlace nadaestético. Descentrado en una realidad o sueño morfínico, trato de controlar misimpulsos de asesino en serie. Una niña, con su gigantesca araña negra ente lasmanos, me señala la parte trasera de un escenario montado sobre cajas depescado.

    Tras ella, paredes detonalidades violáceas han permitido el crecimiento desmesurado de una extensiónde musgo y enredaderas carnívoras. En el horizonte vertical una trapecistaenrosca y desenrosca bombillas dejándose la vida en ello. Sobrevuela ante migolpeándome con sus pies palmípedos, siento un cosquilleo, una paz en elmomento en el que toda la sustancia estomacal desemboca en un delta fluvial en formade reportero de guerra.

    Exhausto por el esfuerzo digestivo, meto la cabeza bajo el grifoque trata de picotearme los ojos. Doy un paso atrás golpeándome contra unsecador de manos que intenta estrangularme, consigo zafarme en una maniobra deCapoeira, giro que casi me parte la columna, desdicha de mi flexibilidad juvenil perdida.

    Atrapado en una lucha sin cuartel con ese aparato diabólico,arranco de cuajo el cable que lo alienta, como contraprestación a mis conatosde rabia, recibo una descarga que ejecuta sobre mi cuerpo un ejercicio degimnasia artística, digna de la medalla de oro en las olimpiadas del dopaje.

    Una niebla de ridículas fantasías sexuales me embalsama, en lalejanía de una atmósfera contaminada escucho los excesos de ambulancias que seestrellan contra la relatividad especial. Hombres de verde que tratan dedevolverme a la vida con sus aparatos renacentistas, pajitas de helado italianoque auscultan mi existencia, mientras me debato entre un ser y no ser alejadode cualquier tipo de existencialismo camusiano.

    En la incertidumbre de electrones con olor a quemadillo de ron,recuerdo a mi madre, a mi primera novia traficante de sueños y a multitud depersonajes que han dilapidado mi falta de personalidad. Restablecidas misconstantes vitales, pido un vaso de güisqui, nadie responde a mi llamadadesesperada.

    Me alzo sobre mis talones y tropiezo contra un cocodrilosomnoliento que lee le monde diplomatique sentado de forma despreocupada sobrela taza del wáter y que me advierte de los peligros de la vida moderna. Salgodel baño y recorro apresuradamente los setenta pisos del hotel.

    En el salón, el mono y el pianista charlan alegremente sobre undiván de terciopelo rojo. Trato de distorsionar su realidad y me invitan asentarme a su lado, rechazo la invitación. Tras recomponer mi situaciónbiorítmica, pregunto la hora a una monja que pasea un enorme rosario por elHall, mi reloj se ha detenido. Me comunica que son las seis y dieciséis minutosdel día de autos de choque. Comparo con mi aparato paralizado por el miedo,anotando la imposibilidad de que tan solo haya transcurrido un minuto desde quese detuvo.

    Vuelvo a la sala vacía, demasiadas cuestiones a las que responder,me acerco al mono, abofeteando previamente al pianista, desolado se echa a llorar. Tengo ganas de gritar, no me sale, el simio esafable pero no deja de obedecer a su naturaleza y casi consigue morderme unaoreja. Usando mi habilidad lo apaciguo. Lo ato con una cuerda del piano y lointerrogo sobre cuestiones de física cuántica y universos paralelos. Sonríe conuna mueca despectiva señalando un calendario de tono amarillento que cuelga dela pared.

    Encojo los hombros y frunzo el ceño ante su expectoración. En unperfecto francés de Canadá me espeta, poreso no me gusta hablar contigo, su insolencia me exaspera y estoy a puntode atizarle con el libro gordo de petete que casualmente llevo en el bolsillode mi cazadora de pana, controlo mis nervios por cortesía y lo escucho.

    Tu es monsieur lepresident et nous sommes votre garcons de la cuisine. Si vous voulez un cognac,je peux regardé le temp pour toi.

    La traducción simultanea deuna corista de un circo de la ONU, viene a decirme que soy el presidente y queellos son mis muchachos de la cocina, si quiero un coñac pueden ordenar eltiempo para mi.

    El guardaespaldas me toma sorpresivamente por las axilasllevándome a una limusina habilitada para la ocasión. La tele del vehículo anuncia una recesióneconómica severa en la república de la France.

    El presidente, se haya enparadero desconocido, se sospecha que ha realizado un viaje no autorizado en eltiempo a un minuto de distancia para evitar los insultos de sus allegados mascercanos.