Monólogo de la tostadora imaginaria

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  • “Hombre con doble personalidadconfiesa crimen de su otro yo”.
    Fuente:Associated Press

    Esperabaeste momento desde siempre, quizá desde que mi corazón era apenas un puñado detransistores y alambres enmarañados, a mitad de camino entre despertador ytostadora, de secadora de cabello y afeitadora eléctrica. He pasado los últimos años de vida -si sepuede llamar vida a ser una lavadora en miniatura- entre otros artefactos fríose ingenuos, inocuas máquinas con los órganos y los huesos de cobre. No se puededecir que conocí a los otros utensilios caseros y menos a los otroselectrodomésticos, pero, ¿acaso las estrellas, que viven juntas en ese hotel demala muerte que a veces es la noche, se conocen entre ellas? sin embargo, conel tiempo, he comprendido que algo tenía yo de horno microondas y decalentadora de agua y si las cocinas fueran zoológicos, sin duda ocuparíamos lamisma jaula y compartiríamos al mismo veterinario.

    Ya losé, mi oficio, como el de cualquier electrodoméstico, era absurdo y metódico: calentarel pan por las mañanas y chillar como un gato persa cuando mis costillas hanterminado su cometido: tostar pan y expulsarlo de mis entrañas incandescentes. Aveces, para divertirme, dibujaba sobre el pan (normalmente, pan de molde) unascuantas líneas de color negro y lo transformaba en un sudoku irresoluble, pero era cuando hacía mal mi trabajo: cambiabael sabor del pan y lo hacía incomestible. Lo sé, porque es cuando recibía, conindiferencia, varios golpes sobre mi metálico miedo, como lo hacía él, el chicode los cigarrillos de liar, el que me ha traído aquí, en este día de lluviainfinita, a este contenedor de reciclaje industrial.

    Hacealgunos meses me compró por unos cuantos centavos en un mercadillo de segundamano, desde luego regateó por mí –los chicos siempre regatean- porque mi falsocuerpo de acero inoxidable empezaba a ser corroído por el óxido y, sobre todo,porque se notaba que había pasado miedo en las despensas y en esos depósitos decadáveres que a veces son las cocinas de los divorciados. Pagó con un billetegastado y me metió, indiferente, en una bolsa de papel para que nadie me viera.Al llegar a casa –si se puede llamar casa a ese establo para centauros- me hizoun sitio entre decenas de platos por fregar y una tetera que algunas vecesutilizaba como regadera o plancha o pisapapeles. Creo que empecé a caerle maldesde ese primer día; para probarme me conectó malamente a un enchufe que estabaun poco mojado y, sin querer, mi cuerpo le dio un calambrazo que le hizo verestrellas de mar. Sí, la soledad es a veces el cenicero de otra soledad.

    Conozcomuy bien el ritual del desayuno de los divorciados, es tan sencillo que es torpementebello, como los movimientos del caballo en el ajedrez. Todos tienen undespertador que pita como un barco mercante que llega a puerto, todos tienen lamirada y la sonrisa de un oso hormiguero. Cada día se levantan de la cama (comoun aterrizaje forzoso) y abren las ventanas de par en par para “husmear” larealidad, como si metiesen la cabeza en las fauces de un león. Normalmente seponen una bata como una nueva piel y, acto seguido, vienen apresuradamente a lacocina para poner la cafetera, esa pequeña ambulancia de los noctámbulos.
    Él noera distinto, también abría el periódico -que llevaba las mismas noticias losúltimos 10 años- y me ponía alguna rodaja de pan que esperaba que caliente o tueste,dependiendo de su humor, mientras liaba un cigarrillo o preparaba su racióndiaria de Lexatin. Dicen que hay ovejas sonámbulas que abusan de losanalgésicos y que las batidoras -esas pequeñas libélulas de metal- podríanvolar si así lo quisiesen. Yo, que me creía todo, pensaba que si me negaba atostar el pan me subirían de categoría a horno microondas o, cuanto menos, abatidora o a submarino de bañera. Pero nunca sucedió, así que mi día a día empezabapor secarme las lágrimas de magnesio con la manga de su pijama (ahora meimporta bien poco que me hayas dejado aquí, en este contenedor de reciclaje, quete haya escuchado pasar horas enteras debajo de la ducha tratando de lavartelos olores de otros, me toca un pie queme hayas puesto los cuernos con la maquinilla de afeitar o con la secadora. Túmejor que nadie sabías que nuestra querida soledad podía limpiarsetranquilamente con un kleenex pero“pasaste”. Dicen que reír es abofetear el alma. Ya quisiera yo haberteabofeteado, haber ocupado el lado opuesto de tu cama, pero ahora lo entiendo: nadiesabe para quién trabaja, nadie, salvo los párrocos y los banqueros).

    Decíaque conocía bien la rutina de los divorciados, pero no es cierto, porque nisiquiera los cometas tienen rutina y menos las neveras que son algunos chicospor las mañanas. Entiendo que te aburriese desayunar y cenar pan bimbo con huevos fritos y tomates yleche fría cada día. Pero no puedes pedirle olmos a las peras, no puedes hacercuadrados con un compás. ¿Por qué siempre tardabas horas en el lavabo y luegosalías con la misma barba de 15 días, con la camisa sin planchar, con el mismo –yalcoholizado- aliento de Dylan Thomas? ¿No te parece paradójico que te hayasdedicado muchos años a vender electrodomésticos y que me hayas comprado en unmercadillo de segunda mano? Es cierto, la americana y la corbata te sentabanmuy bien (como a mí el pasar el día entre cuchillos y platos por fregar, entreollas y espaguetis a la boloñesa, más perdida que un pulpo en un garaje) pero parati no era suficiente y no pasaba un día en que no intentarasestrangularte con una bocanada de tus cigarrillos de liar. Ciertamente, lo quenos diferenciaba era lo que nos hacía parecidos: Yo, para tostar, reduzco elcontenido de agua del pan con mis 900W de pensamientos, hasta que chamuscoligeramente su superficie; tú, para vivir, vendes electrodomésticos y llorasmañanas enteras bajo la ducha, como un pez en una piscifactoría (donde haypeces que lloran a mares).

    Llegabascada día del trabajo entre deprimido y cabreado, arrojando las llaves del cochecontra mi sonrisa de latón barato, como si tuviera yo la culpa de que no hayasvendido ningún televisor o de que ella se hubiese largado dándote un portazo y llevándosesu valioso botín: tu sonrisa de las fotos de las últimas vacaciones en Roma, susaliva de unicornio, su minifalda y sus largas piernas de jirafa. Sé que tedejó, pequeño vendedor de artilugios, porque a veces hablas dormido y en estepiso de 30 metros cuadrados –si se puede llamar piso a una guardería parafantasmas- se escucha hasta la respiración de los grillos, los latidoseléctricos de la nevera o a los vecinos hacer el amor como puercoespines… Jamásme dijiste buenos días, a pesar de que cada día te recibía con una sonrisaescarlata (dicen que la sonrisa es el anticoagulante de la soledad), jamás medijiste buenas noches, hasta mañana, que vaya bien, pero ¿podríamos acusar a unciego de ser también un tuerto?

    Algunavez te escuché decir que estabas “hasta los huevos” de que las tostadas se tecaigan siempre por el lado de la mantequilla o que algunos existen “porque seaburren” y que ya no podías más.

    Ahora, desdeaquí, desde este contenedor de reciclaje, miro hacia arriba y los edificiosparecen grandes cafeteras o enormes lavavajillas y por un momento pienso queestabas como una cabra, pero ya nada de eso importa, ahora sé que las cosas quese mueven, que respiran y que te ven -pero no te “ven”- no deben tocarse, pero quizás sea demasiado tarde para mí ypara ti también, ahora que has decidido reciclarme y deshacerte de tiarrojándote desde el balcón de tu pequeño hospital psiquiátrico de 30 metroscuadrados.

    Esperabaeste momento desde siempre y ahora solo pienso en abrir mis alas atravesadaspor cables y “resistencias” eléctricas, que nadie encuentre la “caja negra” queera mi corazón… y disolverme entre la chatarra, ser un montón de alambres yhierro, una amasijo de falsos rituales y transistores, ¿y sabes por qué? porquesólo hablando con ángeles es que te enteras que no existen, pequeño vendedorimaginario de electrodomésticos, exmarido de una mujer imaginaria y ex dueñode una tostadora imaginaria.