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(e) Irene Pozonegro (i) Jan Monclús
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El otro dia fui a la tienda de vidas a comprarme una diferente pues la que tenia ya estaba algo estropeada. El chico que me atendió fue muy amable, se llamaba Jesús y fue muy profesional y atento conmigo. Primero nos sentamos en una mesa y después sacó del cajón un enorme catálogo con las tapas doradas. Luego incluso me ofreció caramelos de colores y yo le di las gracias. La música de la descomunal tienda era muy agradable y la luz, impactante. El primer pack, “StandardLife”, era bastante económico y atractivo. Me dijo que se vendía muy bien y que la gente se lo llevaba mucho. Pero no tenía garantía, cosa que significaba que si se te volvía a desgastar o estropear pues que no te lo iban a arreglar o cambiar. Decidí que no me interesaba y me sacó el segundo. Y el segundo, era igualito pero con garantía, es decir que si la vida se estropeaba en los próximos 5 años te la volvían a cambiar aunque por otra de calidad inferior. Y durante una hora me enseñó varios packs similares con alguna que otra variación pero ninguno me acababa de convencer. Aquello no se parecía nada a lo que yo andaba buscando. Entonces el chico bajó el tono de voz, y me dijo que podría ser que no estaba buscando en el lugar adecuado. Que de hecho, el conocía un lugar secreto donde vendían vidas en el mercado negro. Que era bastante peligroso pero que si quería, me pasaba una nota con la dirección del sitio a condición de prometer que no diría a nadie que él me la dio. Asentí, cogí el papel, le dí las gracias y me fui.

Salí de aquel lugar un poco aturdida. Supongo que fue porque el acto de comprar una nueva vida no es moco de pavo. En cualquier caso, decidí continuar con mi búsqueda y me puse rumbo a la dirección que aparecía en el papel: Calle Resurrección número 32. Allí econtraría una puerta de hierro amarilla y un discreto símbolo en forma de estrella en uno de los timbres. Y así fue. Llamé repetidas veces al timbre, pero nadie contestó durante los primeros 5 minutos. Y cuando pensé que el tal vendedor Jesús se estaría riendo de mí con sus colegas, la puerta se abrió como por arte de magia. Angustia no sería la palabra que definiría exactamente lo que sentí cuando entré en aquel suntuoso jardín. Continué caminando por un sendero con arbustos redondos y flores extravagantes y llegué hasta la puerta de entrada que estaba entreabierta. Allí me atendió un pequeño señor muy bien vestido y sonriente. Le dije que venía de parte de Jesús el de los Grandes Almacenes y me dijo que pasara. Me acompañó a lo que parecía un despacho y me senté en la silla, tal y como me indicó el hombrecillo. Al otro lado de la mesa había una butaca roja vacía y esperé a que algo pasara mientras observaba con nerviosismo el singular papel de pared y los cuadros que decoraban aquella estancia. Pronto se escucharon pasos en el pasillo. Inquietud. La puerta se abrió muy de golpe y apareció una mujer. Creo que debía medir al menos un metro noventa. Llevaba mucho maquillaje y perfume, unos tacones de aguja y un vestido negro . Me levanté me presenté y le dí la mano. También me ofreció caramelos. Sin mirarme a los ojos se sentó en la butaca y sacó un formulario de la impresora. El papel estaba tan caliente como un pan recién salido de una tostadora. Me dijo que no hacía falta que le explicara el motivo de mi visita, que ya le habían informado sobre mi caso. Y que lo más rápido para ambas partes sería que yo empezara lo antes posible a rellenar el formulario mientras ella me explicaba las condiciones. En el papel ponía: Contrato Indefinido de Cesión de Normalidad. Me explicó que para proceder a la obtención del producto en el que yo estaba interesada, era imprescindible firmar ese pre-contrato. Que no me preocupara ya que era un trámite rutinario y poco relevante pero esencial. Y después me dijo que si había llegado hasta aquí es porque era una cliente especial, y que requería otro tipo de producto más especializado. Me explicó que yo formaba parte de un tipo de usuario inconformista y exigente y que ellos tenían exactamente lo que yo estaba buscando. Un producto exclusivo de calidad a un precio razonable. Tras una larga y densa introducción, me explicó que una vez adquirido el producto OtherLife, en mi vida iban a ocurrir constantemente sucesos imprevistos, divertidos y emocionantes. Que me olvidara de la vida patética y rutinaria a la que estabamos predestinados todos los mortales. Que a partir del momento en que cerraramos el trato y atravesara la puerta de la salida, mi vida empezaria a ser emocionante. Gozaría de una serie de ventajas exclusivas solo disponibles para los miembros del club. ¿Quien hubiera podido resistirse? Firmé convencida el segundo contrato de conformidad y la mujer me entregó un carnet de miembro en OtherLife.

Abandoné aquel lugar con una sensación extraña. Miré hacia atrás y vi la puerta cerrándose tras de mí, y mi nueva vida empezando. Comencé a caminar de vuelta a casa tras aquel día tan duro y de repente me paré en seco. Revisando mentalmente todo el proceso de compra del pack OtherLife, me dí cuenta de que aquella mujer no me había pedido en ningún momento ningún número de cuenta ni ninguna tarjeta de crédito, y yo tampoco había preguntado. No sé como pude pasar por alto aquel detalle. ¿Se habrían olvidado de cobrarme? Empezó a preocuparme el hecho de que en ningún momento se me había ocurrido pensar en el precio del producto que acababa de comprar. Con agonía, decidí dar media vuelta. Volví corriendo en busca de la puerta amarilla pero no logré encontrarla. Ni siquiera pude dar de nuevo con la Calle Resurreción: simplemente todo se había esfumado. Y después de buscar por todas partes, decidí resignarme. Aquella noche volví a casa bastante confundida y con un sentimiento muy difícil de describir. ¿Cómo iba a disfrutar de mi magnífica vida OtherLife sin saber ni cuándo ni qué precio tendría que pagar por ella?