Dulce deleite

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  • Cuandoentró a la cocina y vio la brillante tostadora ocupando un sitio de honor en lamesa, no pudo evitar una mueca de fastidio. A su lado languidecían la rodaja depan integral que no alcanzó a tostar y el café edulcorado apenas manchado conuna pizca de leche desnatada. No había sido una gran pérdida dejar abandonadosa su suerte aquel desayuno que detestaba por encima de todo, pero los nervios yla anticipación del encuentro le habían cerrado el estómago haciéndoleimposible tragar bocado.

    Evidentemente,el no haber pegado ojo toda la noche también tenía que ver con la discusión quetuvo con Anna y en lo grosera que se puso al colgarle el teléfono después dehaberle soltado esa odiosa frasecita que siempre usaba para mortificarla:
    -Poreso no me gusta hablar contigo, Sara. Eres tonta!
    Comocuando eran niñas y se enfurruñaba porque Sara no hacía lo que ella esperaba.
    Suhermana era imposible y muy desconfiada, pero él no era como otros. El eradistinto. Es cierto que al principio tuvo mucho miedo, no estaba acostumbrada alas palabras dulces y al calor en el pecho recorriéndola como un verano tórridoen plena primavera. Se resistió todo lo que pudo, pero la miel de sus palabrasy la promesa de un paraíso por descubrir, fueron haciendo mella en suresistencia hasta acabar bajando las barreras que durante toda la vida se habíaesmerado en levantar. El había conseguido hacerla florecer y por él estabadispuesta a todo, incluyendo vencer las pocas reticencias que aún le quedaban yacceder a encontrarse ese mismo día para verse por primera vez.

    Y asísalió a la calle aquella mañana, con la resaca de la discusión y las mariposasrevoloteando en su estómago vacío. Pero con la seguridad y la ilusión puestasen su hombre, en su amante virtual. Dispuesta a mostrarse tal y como él se lohabía pedido: desnuda, sin afeites ni disfraces. Solo ella. Ella misma.
    Eldía había sido largo, demasiado largo. Tan largo como el hambre que sentíaahora mismo. Un hambre ancestral, profundo, primitivo y voraz que le consumíalas entrañas y la obligaba a avanzar sin tregua a pesar del temblor de suspiernas y el mareo que se iba apoderando cada vez más de todos sus sentidos. Apesar de todo, su boca se torció en una pequeña sonrisa que enseguida dio pasoa unas risas cada vez más sonoras. El estómago le crujía tan fuerte que losdecibeles competían con sus carcajadas mientras la gente que pasaba a su ladoen la calle no podía evitar volver la cabeza para mirarla. Que más daba, si lagente la miraba de todos modos donde fuera que ella iba. Al menos hoy lamirarían sin tener que disimular ni murmurar a su paso dejando miradas dehorror, de burla, de asco o de pena.

    Cuandofinalmente llegó a casa, ya no le quedaba saliva en la boca, los labios estabanresecos y partidos, la lengua anhelante, los dientes expectantes, la nariz enalto oliendo, percibiendo, anticipando. Con un certero manotazo, apartó losvestigios inertes del desayuno abandonado sin importarle que su brillantetostadora se hiciera añicos en el suelo junto al pan seco y al café frío.

    Vaadquiriendo seguridad mientras pone a derretir el chocolate en el microondas y sacadel armario la mermelada de moras, miel, canela y clavo de olor. Con manos aúntemblorosas extrae de la nevera la mantequilla levemente aromatizada convainilla, las fresas rojas y turgentes, las ciruelas maduras y la crema batidaa ese punto que tanto le gusta.

    Lafragancia dulzona de las ciruelas impregna el aire de pasión produciéndole unacreciente anticipación. Aspira profundamente llenando sus pulmones de unaagradable sensación y mientras lo hace, no puede resistirse a hundir por unmomento su cara en el bol que contiene la crema batida. Su lengua se mueveconcienzudamente por los labios arriba y abajo una y otra vez al ritmo que unaspequeñas gotas de sudor le recorren toda la columna vertebral empapándole lablusa que se pega a sus carnes marcando sus formas.
    Armadade su pequeño botín y sin poder controlar sus papilas gustativas que no parande segregar más y más saliva, camina hacia el baño ansiosa por despojarse desus prendas, de sus limitaciones y de sus pensamientos.
    Unavez desnuda se mete en la bañera y rodeada de todas esas exquisiteces como sifuera un séquito de amantes comienza el juego de seducción que había soñadopara esa noche.
    Conlos dedos aprisiona las fresas maduras y como si se aplicara una untuosacrema, acaricia su cuello con la pulpaespesa y pegajosa mientras deja que el líquido cálido y dulce se escurralibremente hacia su cuerpo tiñéndolo todo de pasión y pecado.

    Gotasde esencia de vainilla perfuman el aire y la crema batida refresca su cuerpoardiente. Aplasta una a una las ciruelas sobre su pelo, cierra los ojos y conla lengua lame escrupulosamente el néctar que resbala por su cara.

    Aesta altura, todos y cada uno de sus sentidos se encuentran embriagados con elolor de la canela y la mantequilla se desliza por su piel caliente como un ríode lava buscando llegar a la meseta. Sus pezones erectos se contraen levementeal recibir la caricia del chocolate tibio y los muslos se humedecen inquietosansiosos por dar la bienvenida a ese río oscuro que lentamente baja por suvientre.

    Uno auno, lenta y parsimoniosamente chupa sus dedos, succiona el néctar, tragatorpemente y vuelve a hundirlos en la crema espesa o en el dulce ácido cuyatextura le recuerda vagamente las huellas digitales que no tienen la memoria desu piel.

    Susmanos se hunden en el chocolate, se meten en el pote de mermelada como quienbusca el alma en el fondo del frasco, bucean en la crema, nadan entre la mantequilla,untando dedos, cara, boca, pelo. Impregnando de placer la piel entera yentregada mientras se rinde al gozo de devorar y ser devorada por todo aquelloque por las noches se convierten en el ávido amante que la lleva al éxtasis.

    Ese éxtasis que él le negó con asco cuando la miró de arriba abajo y vio sudesagradable obesidad.