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(e) Javier Cuello (i) Magda Kowalska
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Estaban cansados de que los confundieran. Es cierto que Azúcar y Sal se parecían entre sí, pero tampoco era para tanto. "Pero al menos mi peinado mola un montón más", pensaba Azúcar mientras ideaba con su amiga Sal un plan para escapar.

Trabajaban en un café cerca del Museo Picasso, un lugar pequeñito en una de esas ocultas calles de la parte antigua de Barcelona, un sitio al que solamente se llega luego de dar vueltas y vueltas, sobre todo si te pierdes, claro. Sólo digamos que si nadie te dijera que el café se llama 'Lilipep', nunca llegarías a buen puerto —aunque se trate de un café, no de un puerto—.

Cansados de las confusiones y de sus compañeros de café, sólo sabían que tenían que huir de ahí, y aunque el plan no estaba del todo elaborado —por no decir que no tenían nada—, sabían que querían terminar en la playa dónde cumplirían el viejo sueño de ambos de abrir un chiringuito. Y hasta se creían originales por ello.

No digas nada, pero en secreto Azúcar sabía que su motivación para el escape, además de la que compartía con Sal, era una diferente. Aunque no se lo dijera a nadie, y menos a su amiga, en realidad quería alcanzar la playa para por fin darse un buen baño de rayos de sol, a ver si quedaba con ese tonito caribeño que tanto le envidiaba a Azúcar Moreno.

Como si fuera poco, y además de todo esto, Azúcar se molestaba cada vez que los otros habitantes del café lo llamaban indistintamente 'el' o 'ella', sin ponerse de acuerdo y ocasionándole al pobrecito un verdadero trastorno de género. Se consideraba, como quién dice, un degenerado en todo el sentido de la palabra.

Por su parte, Sal también tenía sus motivos para alejarse del café. No eran secretos, de hecho eran bastante públicos, y todos se reían cuando ella decía que los demás integrantes de la cocina la envidiaban por ser guapa, brillante y jugar bien al fútbol.

Uno y otra estaban a su manera locos, y quizás por eso eran tan amigos, de esos inseparables. Por ejemplo, Sal siempre decía que se llevaba mucho mejor con Azúcar que con Pimienta, esa indeseable con quien a veces le tocaba compartir incómodos momentos y otras situaciones desagradecidas cuando salían a fumar en los descansos. Pero no con todos era así. Con los trocitos de pan siempre hacía buenas migas.

Por ahora y mientras tanto no consumaran su magistral plan de escape inexistente, en el café tenían su vida, la misma de todos los días y aquella que compartían con todos los demás. En Lilipep ellos dos estaban enfrentados abiertamente con los utensilios de cocina, en una batalla permanente en la que más de una vez eran apoyados por el resto de sus compañeros condimentos y también por los ingredientes.

Del otro bando y de parte del equipo de los 'artefactos', tal como les gustaba llamarlos despectivamente, estaba el cuchillo —que siempre hacía comentarios hirientes-, los tenedores con sus ideas punzantes, las cucharas que por alguna razón presumían de su cabezota curva que daba reflejos raros y el colador, que a pesar de lo que puede llegarse a pensar, no dejaba pasar una oportunidad de meterse con ellos. Quizás la única excepción a todo esto eran las tazas, que siempre resultaron ser bastante contenedoras.

Y esto no es todo. Faltaba alguien más en esta pandilla, quien sin dudas era la peor: La Señora Tostadora, que solía enojarse y calentarse sin ningún motivo escupiendo panes como loca cuando le daba la gana. A veces los dejaba dentro más tiempo de la cuenta, sólo para molestar con el olor a quemado en otra forma de presumir de ser la reina sin corona del lugar.

Estos no eran los únicos tormentos con los que tenían que convivir Azúcar y Sal. A veces, mientras estaban encerrados en sus recipientes de cristal, temían el momento cuando en alguna confusión les tocara salir y finalmente ser los elegidos para endulzar un café y naufragar en ese mar oscuro dentro de una taza, moviendo sus bracitos y gritando desesperadamente. En realidad no tenían bracitos, ni manitas, pero así era como imaginaban ese momento. Tenían que irse pronto de allí.

Una noche de luna llena y redonda, en la que por suerte no jugaba el Barça y aprovechando la intromisión de una brisa que sin pedir permiso resbalaba entre las juntas de una puerta entreabierta, finalmente pudieron escapar. Nadie se dio cuenta. Los compañeros dormían, la tostadora no tostaba y apenas si se escuchaba el tintineo de las cucharas dándose de cabeza entre ellas en algún cajón de por ahí mientras dormían.

Al salir enfilaron primero hacia el Metro —la línea amarilla les dejaba bien— pero Azúcar se dio cuenta que tenía la T-10 agotada. ¡Vaya chasco! Además, ninguno de los dos podía llegar a los pedales de las bicis, así que el Bicing también quedaba fuera de los planes.

Sin querer admitirlo, estaban algo perdidos y todo parecía complicarse más de lo —poco— que habían pensado. Esto de burlarse siempre de los turistas y de pronto no tener ni un solo mapa era como un Karma que les daba una bofetada burlona en la cara. Pensaron entonces que la mejor decisión era bajar por Vía Laietana, siempre y cuando descubrieran donde estaba.

Las calles les parecían infinitas y cuando miraban hacia arriba los edificios parecían calles: infinitos también. En la eterna soledad de la huida se sentían acompañados por ese gran círculo blanco que era la luna. Sobre ella mentía Sal, diciendo que lo blanco era porque allí había un montón de otras sales que brillaban como ella. Se trataba, según sus palabras, de una especie de tierra prometida donde algún día habría de llegar para pasar el resto de sus días. Azúcar se preguntaba para sus adentros cómo haría Sal para llegar a la luna si ni siquiera encontraba las calles que llevaban hacia Barceloneta.

Poco a poco, al irse abriendo camino y cuando creyeron que por fin habían llegado se sintieron de verdad decepcionados. La playa era más cuadrada, la arena más dura y las olas más estáticas que lo que habían visto en las películas de playas, como esa en la que salía Leonardo Di Caprio.

Sólo luego se dieron cuenta de que habían confundido arena con cemento, olas con bancos y playa con plaza. Vaya, al parecer estos dos no tenían ni idea de la vida, pero aún así con una mezcla de vergüenza y orgullo propio se sentían empujados a continuar su nocturna aventura de escape. Tuvieron muchos otros obstáculos en el camino, como aquel yonqui del que huyeron porque, confundiéndolos con otra cosa, tenía aspiraciones de tomarlos en su poder.

Ahora sí que estaban solos, asustados y Sal amenazaba a cada rato con ponerse a llorar sin consuelo. Pero como siempre pasa cuando las cosas están por acabarse, dieron una vuelta mágica e impredecible: al doblar una esquina inesperadamente sintieron el fuerte rumor de las olas, los fuertes gritos de los borrachos gritando y el fuerte olor de la basura tirada en la arena. Habían llegado.

Al día siguiente, ya un poco más frescos e instalados en la playa, se dieron cuenta de que sus planes maquiavélicos de entrar en el mundo empresarial de los chiringuintos parecía desmoronarse: ya habían otros, por no decir montones más. Su idea visionaria estaba arruinada así de la nada, literalmente de la noche a la mañana. Justo cuando Azúcar comenzaba a caminar, yéndose enfadado y soltando en el aire un "Yo me marcho a endulzarle la vida a otra… u otro", fue cuando conocieron a un montón de granitos de arena, que también como ellos, estaban cansados de ser confundidos entre sí.

"Pero si es que son todos iguales...", pensaron claramente sin decir nada por temor a por fin averiguar que tan violento puedo ser un grano de arena de Barcelona. Con tantos conflictos estaban estos marrones granitos que Azúcar y Sal decidieron que quizás, sólo quizás, era mejor idea poner una oficina de ayuda psicológica para empujarlos a superar sus trastornos de identidad.

Después de todo, clientes no iban a faltar: ahora contaban con muchos, montones de granos de arena con problemas que los harían como mínimo millonarios, y como máximo pobres.