ANÓNIMO
1112
164
9
Add to Collection
Tools Used

Tools

About

About

Secuencia animada compuesta por dibujos de personajes de espalda. Este proyecto remite a las relaciones que se establecen con las personas y com… Read More
Secuencia animada compuesta por dibujos de personajes de espalda. Este proyecto remite a las relaciones que se establecen con las personas y como estas experiencias pueden convertirse en loops cinemáticos en los que parecen ocurrir las actividades mas banales y simples de lo cotidiano, pero lo que realmente relata esta ilusión de movimiento es el no paso del tiempo cuando de recordar se trata, así, esa persona que creemos recordar se convierte en la imagen de un sujeto X que no coincide con el simil del presente. Read Less
Published:
ANóNIMO
Exposición de Hernán Marín
 
Tres escenas de un doble
 
 “Si es así tal vez te sirva de aliento algo que he leído en una revista: en otras ciudades suele haber dobles de las personas que conocemos.”
Eso es lo que le dijo Héctor Massey al personaje central de uno de los cuentos de Bioy Casares que tras una ruptura con su novia no hacía más que buscarla por toda Buenos Aires tratando de provocar “un encuentro casual”. El encuentro se dio doble e inesperadamente diez años más tarde, en Venecia, en pleno carnaval, cuando en compañía de su amigo Massey, a quien no veía hacía mucho tiempo,  tomaba una copa de licor en un bar. Disfrazada de dominó en el mismo bar estaba ella, Daniela. Pocos minutos antes, nuestro personaje  había creído encontrarla, cuando  en un concierto de ópera Massey le presentó a su mujer. Aunque confundido por su frialdad e inexplicable distancia hacia él, no dudaba que era ella. Sin embargo, lo que sucedió en aquel bar lo llevó poco a poco a descubrir  que la mujer de su amigo, aquella que creía que era Daniela, no era la verdadera sino su doble.  
Tres escenas:
1. Una mujer de espaldas, con cabello corto y cuello estilizado roza su cabello como si fuera a llevarlo detrás de la oreja. Su cabeza produce un leve giro hacia la derecha y vuelve a la misma posición sin dejar ver ni una sola porción de su rostro.
2. Un hombre, también de espaldas, se cubre y descubre rápidamente la cabeza  con la  capucha del abrigo que lleva puesto. Tiene el pelo tan corto que se puede ver la forma de su cráneo y de sus orejas. Sus manos aparecen y desaparecen en la escena para llevar a cabo la acción.
3. De nuevo la mujer de cabello corto. Esta vez, su figura se encuentra de lado, pero su perfil está cubierto por un mechón de pelo. Lo único que se puede ver son su mentón y cuello. La mujer aquí parece simplemente estar afirmando su posición erguida.
Sin principio ni fin, estas escenas reproducen una y otra vez movimientos sin trascendencia, rápidos y seriales. Sin embargo, en la banalidad de estas secuencias hay algo inquietante.
Como en Máscaras venecianas, el cuento de Bioy Casares, los movimientos de la mujer de cabello corto y ondulado y del hombre de la capucha, que ocultan su identidad ya sea por estar de espaldas y por cubrir su cabeza o llevar cubierto su rostro, pueden ser apreciados por quien reconoce en las figuras rasgos o gestos de la persona amada.
¿Quién ante la forma difusa de un ser querido que aparece sorpresivamente no ha sentido el pálpito alterado de su corazón? La figura del padre que camina a lo lejos, la espalda del hermano, los gestos de aquella persona que fue muy cercana en otra época, son formas que guarda la memoria y que reviven momentos, emociones y sentimientos cuando encajan en la inesperada presencia de quien les dio origen.
Se podría decir que en todas las obras de Hernán Marín, tanto en las anteriores como en la presente, aparecen figuras que acogen la forma de personas conocidas, cercanas, amadas. En el ocultamiento de su identidad estas figuras se convierten, de alguna manera, en formas sustitutas, que, más que encarnar un habilidoso ejercicio hiperrealista, tienen la  gracia de evocar el momento de una despedida, la tranquilidad, pero también la incertidumbre del amor. Tal vez porque están enmarcadas en nebulosos paisajes. Estas tres escenas, por el contrario, en su serialidad, frío tratamiento y descontextualización, parecieran querer introducirnos en la incansable y casi obsesiva búsqueda de lo familiar y lo íntimo en la impersonal y acelerada vida contemporánea.
¿Acudir a la repetición sin fin de un gesto fútil no es acaso mecanizar el recuerdo para no permitirse el olvido?
 
 
Verónica Mejía Acevedo