Alcúdia de Crespins. Marca Territorio.
Alcudia de Crespins: ruta renacer”

Cuatro de la tarde de un día cualquiera. Quizás hubiera señalado el día en su calendario si hubiera sabido que aquel día todo cambiaría para siempre. A quién quería engañar, no era capaz de recordar ni su propio cumpleaños.

Su mujer le abandonó; no porque siempre olvidase su aniversario, sino porque la desidia y la apatía se instaló en su vida ante la imposibilidad un nimio detalle. Fue como aquellos días en los que ves el cielo gris pero no te llevas paraguas ante la absurda esperanza y el inútil optimismo de que saldrá el sol. Aquella tormenta le caló hasta los huesos y embarró su vida. Tras perder el trabajo, siempre vió a su mujer como su salvavidas, y sin ella, sentía que se ahogaba.

El último intento desesperado por frenar aquella avalancha que amenazaba con arrollar lo poco que le quedaba, emprendió un viaje hacia el pueblo de su familia materna. Quizás el silencio y el contacto con la naturaleza se convertían en el faro de su vida. Quizás para volver a empezar es necesario regresar a los orígenes; pensó en un ataque de poeta inspirado.

Metió una bolsa de deporte vieja en el maletero de su desvencijado Ford Fiesta y se dispuso a viajar al sur. Cinco horas de viaje le esperaban por delante. En un intento de volver a ese origen, de encontrar esa paz, apagó el móvil y respiró hondo.
Apoyó un mapa de papel sobre el volante y con un rotulador verde trazó la ruta que seguiría para volver con su familia.

La música que salía de los altavoces le recordaba a la radio vieja que descansaba sobre la mesa de la cocina de su abuela. Siempre a un volumen tan bajo que era imposible reconocer la canción que había seleccionado el locutor. Sonrió al recordar la fiera mirada que le dedicaba cuando trataba de girar la rueda para tratar de entender alguna palabra. Nadie era capaz de desafiarle cuando les miraba de aquella forma. Ni siquiera su perro Lolo, que se limitaba a esconderse bajo el mueble de las verduras cuando percibía su enfado.

Aquel largo viaje en un coche sin aire acondicionado le recordaba a los veranos que pasó en el pueblo con sus primos. Al llegar se repetía siempre el mismo ritual; la torpe carrera entre tres niños que cruzaban el jardín de sus abuelos sin saludarles, para tirarse a la piscina de cabeza. Aquel “bautismo” de agosto daba por inaugurado el verano.

Su madre siempre le dijo que tenía que esperar dos horas después de comer para poder meterse en el agua, así que él, Javier y Pedro permanecían en remojo hasta que su abuelo les avisaba de que el arroz al horno ya estaba hecho. Si cerraba los ojos aún era capaz de oler la carne recién hecha y sentir bajo los dientes la textura ese arroz que nunca se quedaba pegado en la cuchara. Con la piel enrojecida y algunas gotas de agua aún resbalando sobre ella, se sentaban sobre las sillas de rafia y se volvían a pelear por ser el primero que cogiera la botella de refresco.

Las siestas entre aquellas sábanas blancas se sentían como un abrazo, aunque olieran a naftalina y fueran tan ásperas como la cara de su abuelo tras tres días sin afeitarse. Las excursiones furtivas en los huertos de los vecinos despertaba toda su adrenalina infantil y les hacía sentirse como exploradores protagonistas de alguna película de aventuras.

De repente, la realidad lo arrancó de aquel flashback. Una valla en medio del camino le hizo detenerse. El correspondiente triángulo amarillo le avisaba de que aquella zona estaba en obras. Se sintió tentado de apartar la valla y continuar adelante, pensó que, total, muchas de esas obras tan solo se realizaban a los lados de la carretera. Un chaleco naranja cubrió su ventanilla. Como si hubiera escuchado sus pensamientos, el joven le avisó de que aquella carretera estaba cortada y de que debía dar la vuelta. Él sacó el mapa, ya arrugado, con el rayajo verde ante la atónita mirada del chico que no supo explicarle por cuál carretera debía girar para llegar a su destino. Le contestó, escogiendo los hombros, que él siempre utilizaba el GPS.
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Miró al chico con desdén y sintió pena por aquellas generaciones, tan atentas siempre a su teléfono móvil y tan dependientes de la tecnología. Esos chicos no estaban preparados para la vida real, habían dejado que una pantalla les robara su instinto. Trazó una ruta nueva en el mapa y se dispuso a continuar.

Pronto un cartel verde le indicó la localización exacta del próximo pueblo. No lo conocía, pero se correspondía con la ruta marcada, siguió tarareando un largo rato hasta que vió un cartel idéntico al anterior que anunciaba el pueblo con el que estaba a punto de encontrarse. Llevaba dos horas dando vueltas sobre sí mismo.

Salió del coche dando un portazo. Cruzó varios metros de arboleda caminando, a un paso tan rápido y firme que nadie hubiera dicho que estaba perdido. Llegó a una carretera. En uno de su lados se extendían metros y metros de huertos y árboles, en el otro, grandes casas sin numeración y sin ningún tipo de cartel que le indicara dónde se encontraba.

Un saludo le sobresaltó. Se trataba de una anciana con el pelo blanco y rizado que le miraba a través de unas gafas redondas. Llevaba una especie de bata sin mangas floreada y unas sandalias de tiras anchas. A sus pies, un perro blanco con manchas marrones, le observaba con la lengua fuera.

—Ho...hola. ¿Me podría decir dónde estoy? Creo que me he perdido — preguntó estando seguro de ello—.
—Está usted en la urbanización del antiguo campo de fútbol, caballero.
—¿Qué campo de fútbol?
—Ahora se llama José Gramage, aunque en mis tiempos era el Camp Nou.

La miró con el ceño fruncido como única respuesta.

—Esto es Alcúdia de Crespins, buen hombre, ¿dónde iba usted?
—¿Alcúdia de Crespins? ¿Sigo dentro de la Comunidad Valenciana?
—¡Claro que sí!- dijo la mujer riéndose. Está usted entre Canals, Xátiva y Montesa. En la comarca de La Costera.
—No puede ser…

Se dio un golpe en la frente con la mano y el perro ladró como respuesta a su inequívoco error. Se maldijo por haber salido de casa sin GPS.

La anciana le ofreció entrar en su casa para beber un vaso de agua. La casa de aquella señora era un tanto peculiar; tenía muebles de jardín en la cocina. Se sentó en la silla de rafia mientras se bebía el vaso de agua y entonces tomó conciencia de lo estúpido de su situación. El perro a sus pies lo miraba expectante.

—¿Qué raza es?— preguntó mientras le rascaba la cabeza-
—No lo sé. Yo me limito a llamarle Pancho-  respondió encogiendo los hombros y levantando las manos con suavidad- Salí un día a la calle y lo encontré en mi puerta. No llevaba collar y no tenía fuerzas ni para ladrar. Menos mal que no suelen aparecer muchos de estos por aquí, soy incapaz de ver un animal solo y perdido.

—Eso parece—dijo el hombre con una sonrisa.

—¿No le apetecería ver el pueblo en el que se ha perdido antes de seguir con su ruta?

El perro brincó entre sus pies mientras ladraba con alegría.

—¿Por qué no?— respondió.

El sol pegaba con fuerza a las doce del mediodía, llevaba la camisa pegada al cuerpo y pensó en lo mucho que le apetecería tirarse de cabeza a una piscina. Caminaron entre huertos sobre un suelo de asfalto que parecía pertenecer a las afueras del pueblo.

—Si hubiera venido dentro de dos semanas, se hubiera encontrado con las fiestas del Santísimo Cristo.— dijo señalando hacia abajo de la montaña —Hay muy buen ambiente para la gente joven.

—Bueno, bueno, yo ya no soy tan joven—respondió riéndose.

—Lo joven se lleva por dentro. Usted solo está perdido— respondió con semblante serio.

La señora le miró tan fijamente que creyó que era capaz de ver también su desubicación vital. Tragó saliva mientras deseaba que aquella conversación no continuara.

-— No hace falta ser adivina para saber que la angustia que tiene no es solo por haberse perdido. Esas ojeras gritan su pena a todo aquel que esté dispuesto a observar-—dijo señalándole mientras le miraba de reojo.

Ambos se quedaron en silencio durante un buen rato. Tan solo se oían sus pasos sobre el polvoriento camino. La anciana se detuvo y aspiró mientras cerraba los ojos, el aroma de los pinos que le rodeaban.

—Creí entender que íbamos a ver un río— dijo tratando de ser educado.

—Y a ello vamos— respondió la anciana como si riera internamente por un chiste que solo ella conocía.

—Este lugar es bonito, pero ¿no es demasiado seco para que pueda albergar agua?

—Qué impacientes sois los jóvenes. Lo queréis todo y lo queréis ya — dijo tratando de parecer enfadada mientras una sonrisa asomaba a sus ojos.

Le agarró del brazo y le hizo seguir avanzando por un camino empinado ante su evidente desconfianza. Pronto llegaron a un bosque lleno de árboles. No era un río, pero era innegable que estar rodeado por todos aquellos árboles era sentirse al abrigo de la naturaleza, protegido del ruido del tráfico, los papeles del divorcio y los avisos de facturas impagadas. La suave brisa de verano, movía las ramas de los árboles y el roce de las hojas era un agradable susurro que no le dejaba pensar en nada más.

—¿Quiere ver el río?— dijo la anciana sacándolo de su ensoñación—.

Lo cogió del brazo y el perro salió disparado.

—Mejor que no corramos tanto como él — dijo la mujer riéndose—.

Entendió enseguida a qué se refería la señora. El camino era escarpado y algunas piedras se desprendían al chafarlas. No era peligroso, pero era mejor caminar con tiento.

—¿Qué es ese agujero?—preguntó el hombre sorprendido—.

—Venga, asomémonos a la pared.

El agua surgía de la tierra casi a presión, entre burbujas. Le recordó a cuando su abuela ponía la olla al fuego y el caldo hervía. Si hubieran podido meter los pies, ese agua tan solo les hubiera cubierto los tobillos, pero no era necesario más para que aquel nacimiento, en medio de un árido paisaje resultara tan mágico.

—Hay gente que prefiere visitar lagos o mares, pero para mí no hay nada más bonito que el nacimiento de este río. El agua estancada puede sorprender por su inmensidad, pero este agua, tiene la capacidad de renacer una y otra vez —le tocó el brazo —es casi como nosotros.

El hombre se quedó fijo en aquella mirada enigmática. Parecía la mujer sabia del pueblo, casi un oráculo.

—Venga, vamos, no perdamos a Pancho.

Cuando llegaron al río quiso meterse dentro para calmar aquel sofocante día, pero la señora le advirtió de que no se podía todavía, aún así el sonido del agua y la sensación de frescor fueron capaces de equilibrar en él mucho más que la temperatura.

Caminaron a la orilla del río durante algunos minutos. Dicen que cuando te sientes en confianza con alguien eres capaz de estar cómodo a su lado sin articular palabra. Tan solo conocía a aquella entrañable señora de hacía unas horas y, sin embargo, no sentía el ansia de llenar el silencio con banales conversaciones de ascensor. Era como si aquel lugar fuera demasiado auténtico para llenarlo de absurdos convencionalismos sociales.
Llegaron a un lugar en el que el río estaba rodeado de piedra. A un extremo y otro unos grandes bancos ofrecían descanso a los caminantes, después de tan largo recorrido. La señora lo llevó hasta uno de los bancos mientras Pancho corría alegre de un lado a otro del río a través del pequeño puente que comunicaba los dos extremos.


La mujer se quitó los zapatos y los dejó sobre el banco.

— Vamos, quítese los zapatos y acompáñeme. No puede irse de aquí sin hacer esto.

El hombre le hizo caso sin entender muy bien de qué juego se trataba. Dejó los zapatos y los calcetines al lado de los de la anciana y cogió la mano que le tendía. La señora le sugirió que se remangase los pantalones y juntos se metieron en la fresca agua del río.
Algo avanzó con lentitud por su cuerpo. Sintió un cosquilleo en los dedos de los pies y después se le erizó el vello de las piernas. La señora ya no estaba a su lado, sino sentada en uno de los extremos del río, jugando con los pies en el agua como una niña pequeña. Él se sentía inmóvil mientras aquella corriente subía hacia su estómago llenándole de tranquilidad. El estremecimiento le envolvió desde la espalda. Fue como el abrazo que necesitaba. La señora ya no jugaba, ahora le miraba fijamente con una sonrisa en los labios. No era la primera vez que observaba esa catarsis, y con suerte, tampoco sería la última.

Mientras se volvían a poner los zapatos, la anciana le dijo con un orgullo casi maternal:

— Creo que ahora ya está listo para marchar.

Él la miró de reojo con una media sonrisa y le preguntó:

—¿No habrá un hotel por aquí cerca?

-—¿No le apetece seguir con su camino?

—No — dijo el hombre  —a veces es necesario perderse para poder encontrarse.

—Ya lo creo, hijo, ya lo creo — respondió la anciana riéndose mientras le cogía del
brazo—.
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