Periódico de poesía.
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El cuerpo, la columna
Los miembros de un cuerpo viviente están
llenos de otros vivientes, plantas, animales...
Gottfried Wilhelm Leibniz

La columna es un hervidero. La columna vertebral es un hervidero de otros seres de distinta
especie. Su verticalidad ondulada es recorrida lo mismo por peces que por enredaderas de hiedra,
ipomea, criaturas de ponzoña, seres que liban la miel de otros más abiertos y coloridos en el tiempo.
La columna vertebral es un hervidero de vida-que-será. Así se levanta desde el coxis hasta el axis
y el atlas y el cráneo; así se curva para morder con los dientes su propia cola —unión de la boca y
el coccyx y el sacro— hasta formar un círculo de huesos, un vórtice de naturaleza en el que se
escuchan varios estruendos, trinos; un ouroboros de piezas duras y porosas que guardan la semilla.
El hueso de la almendra contiene la savia de todos los bosques por venir.
En la espina medular de un solo ser reside el alma de las legiones
La anfisbena del parto. El Coxis​​​​​​​
En el parto, cuando la cabeza del pequeño se abre por primera vez a lo visible —se entrega, se da a luz—, pero su cuerpo continúa dentro, anudado a las raíces y los sargazos del fondo materno, evocando hacia adentro —dentro, como en un sueño— la contención y el rondó del agua, el recién nacido apoya el hueso temporal (tempus diestro o siniestro) contra el coxis de su madre. Tan solo un instante, hueso contra hueso: la semilla-temporal del pequeño (la misma parte de su cabeza que, se estima, encanecerá primero) contra el hueso-coccígeo de la madre, un hueso en forma de flecha que sugiere y, a un tiempo, lastima.
Vértebras Lumbares
​​​​​​​Aprendí las partes del libro cuando mi libro K’iche’ quedó deslomado. Alguien dijo: «se deslomó tu libro». 
Pero aquel libro no era mío.

Empezaron a aparecer hojas y grupos de hojas sueltas y enredadas en las bolsas de mi uniforme, junto al tintero 
—también seco—, en el arcón de la cocina, colgadas en el lazo donde se seca la ropa al sol. Pero en aquellos días, 
el agua (ja’) era oscura y sólo existía la intranquilidad. La dueña, como en un reclamo hecho de antemano, había firmado su ejemplar en la primera página. Curiosamente, aquella hoja suelta con su nombre —Lourdes— aparecía siempre, en todos los casos, en cada uno de mis hallazgos: en el arcón, bajo el arenque desecado que huele a tierra; goteando, junto a las ropas mojadas de mi uniforme, en los lazos que cruzan las jaulas de la azotea... Así, por un largo tiempo, el libro K’iche’ comenzó para mí con la palabra “Lourdes”, y yo pensaba en la virgen porque había escuchado: «tu tía se llama así, porque iba a morir prematura y fue encomendada». Entonces yo veía ante aquellas páginas sueltas y habitualmente encontradas, a una niña recién formada por lodos divinos, pero que, a pesar de ello 
o incluso por ello —lo divino—, se había ajado como las parrochas y los arenques muertos a orillas de la página.










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