Lo que tanto temen quienes aman viajar es cierto: con la llegada de un niño, viajar cambia. El ritmo de un niño nos hace contemplar más, disfrutar de lleno el presente, absorber la experiencia por todos los sentidos posibles. De a ratos es como si volviéramos a ser niños nosotros mismos. Los tiempos son otros, el itinerario puede cambiar espontáneamente para adaptarse a las necesidades más básicas, como comer bien y dormir en el momento necesario. Tener tiempo libre para tirarse en el parque a jugar es maravilloso. Viajar con un niño de tres años es asombrarse por dos al conocer lugares nuevos. Es bastante mágico.

Arashiyama
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Three in Japan
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