Notas sobre los objetos que componen mi mesa de trabajo
Notas sobre los objetos que 
componen mi mesa de trabajo
George Perec - Penser/Classer 

Libro póstumo del escritor francés Georges Perec (1936-1982), publicado originalmente en 1985 en la colección «Textes du XXe siècle». Corresponde a una compilación de diversos textos que el escritor publicó en periódicos y revistas entre 1976 y 1982. Los distintos textos se caracterizan por la búsqueda de clasificaciones de aspectos triviales del mundo, a través de una mirada sensible y poco convencional
Del orden de lo metódico
Hay muchos objetos en mi mesa de trabajo. El más viejo es sin duda a mi estilográfica; el más reciente es un pequeño cenicero redondo que compré la semana pasada; es de cerámica blanca y su decoración representa el monumento a los mártires de Beirut (de la guerra del 14, supongo, aún no de la que está por estallar).

Paso varias horas por día sentado a mi mesa de trabajo. A veces desearía que estuviera todo lo vacía posible. Pero con mayor frecuencia prefiero que esté atestada, casi hasta el exceso; la mesa en sí esta formada por una lámina de vidrio de un metro cuarenta de longitud y setenta centímetros de ancho, apoyada en caballetes de metal. Su estabilidad dista de ser perfecta pero no es mala, aunque está cargada o aún sobrecargada: el peso de los objetos que soporta contribuye a mantenerla firme.
Ordeno a menudo mi mesa de trabajo. Ello consiste en poner todos los objetos en otra parte y en recolocarlos uno por uno. Froto la mesa de vidrio con un trapo (a veces embebido en un producto especial) y también hago lo mismo con cada objeto. El problema consiste entonces en decidir si tal objeto debe estar o no en la mesa (luego será preciso hallarle su lugar, pero ello no suele ser difícil).

Este ordenamiento de mi territorio rara vez se realiza al azar. Coincide en general con el principio o la finalización de un trabajo determinado; se produce en medio de esos días flotantes en que no se si emprenderé una tarea precisa o me limitaré a actividades de repliegue: agrupar, clasificar, ordenar. En esos instantes sueño con un plan de trabajo virgen, intacto: cada cosa en su lugar, nada superfluo. nada que sobresalga, todos los lápices bien afilados (pero ¿para que tener varios lápices? ¡De una sola ojeada veo seis!), todos los papeles apilados, o, mejor aún, ningún papel, sólo un cuaderno abierto en una página en blanco (mito de las mesas impecablemente lisas de los gerentes generales: vi una que era una pequeña fortaleza de acero, atiborrada de aparatos electrónicos o que presumían de tales que aparecían y desaparecían cuando se manipulaban las teclas de un supertablero de control…)

Más tarde, cuando mi trabajo avanza o se atasca, mi mesa de trabajo se llena de objetos a veces reunidos sólo por el azar (secador, metro plegable), o bien de necesidades efímeras (taza de café). Algunos permanecen varios minutos, otros permanecen varios días; otros, al parecer llegados de un modo bastante contingente, se instalan de manera permanente. No se trata exclusivamente de objetos relacionados con un trabajo de escritura (papel, artículos de papelería, libros); algunos se relacionan con prácticas cotidianas (fumar) o periódicas (aspirar tabaco, dibujar, comer bombones, hacer solitarios, resolver rompecabezas), con manías tal vez supersticiosas (poner al día un pequeño calendario con botonera) o no asociadas con ninguna función en particular, sino tal vez con recuerdos, con placeres táctiles o visuales, o con el mero gusto por las chucherías (cajas, piedras, guijarros, florero).
Del orden de lo pragmático
En síntesis, podría decir que los objetos que ocupan mi mesa de trabajo están allí porque me agrada que estén allí. Ello no se relaciona con su mera función ni con mi mera negligencia; por ejemplo, el tubo de pegamento no está en mi mesa de trabajo sino al costado, en un pequeño mueble con cajones; lo guardé allí después de haberlo utilizado; habría podido dejarlo en mi mesa de trabajo, pero lo guardé casi mecánicamente (digo "casi" porque, al describir lo que hay en mi mesa de trabajo, presto mucha atención a mis gestos). Así, hay objetos útiles para mi trabajo que no están, o no están siempre, en mi mesa de trabajo (pegamento, tijeras, cinta adhesiva, frascos de tinta, máquina abrochadora), otros que no son inmediatamente útiles (sello para lacrar), o son útiles para otra cosa (lima de uñas) o no son útiles en absoluto (amonita) y sin embargo están allí.

En cierto modo, estos objetos son escogidos, preferidos a otros. Es evidente, por ejemplo, que siempre habrá un cenicero en mi mesa de trabajo (excepto si dejo de fumar), pero no será siempre el mismo cenicero. En general, el mismo cenicero permanece por un tiempo bastante largo; un día, según criterios en los que quizá sería interesante profundizar, lo pongo en otra parte (junto a la mesa donde escribo a máquina, por ejemplo, o cerca de la tabla donde están mis diccionarios, o en un anaquel, o en otro cuarto) y otro cenicero lo suplanta (anulación evidente de lo que acabo de declarar: en este preciso instante, hay tres ceniceros en mi mesa de trabajo, es decir, dos de más, que por otra parte están vacíos, uno es el monumento a los mártires, de reciente adquisición; el otro, que representa un encantador panorama de los tejados de la ciudad de Ingolstadt, acaba de ser encolado; el que sirve tiene un cuerpo de material plástico negro y una tapa de metal blanco con agujeros. Al mirarlos, al describirlos, advierto además que no forman parte de mis predilecciones actuales: el monumento a los mártires es demasiado pequeño; decididamente, y sólo se puede usar después de las comidas; Ingolstadt es muy frágil; en cuanto al negro con tapa, los cigarrillos que arrojo allí no se apagan bien...).
Del orden de lo genealógico
Una lámpara, una cigarrera, un florero, un pirófono, una caja de cartón que contiene pequeñas fichas multicolores, un gran secante de cartón duro con incrustaciones de carey, un portalápices de vidrio, varias piedras, tres cajas de madera torneada, un despertador, un calendario de botonera, un bloque de plomo, una gran caja de cigarros (sin cigarros. pero llena de objetos pequeños), una espiral de acero donde se pueden deslizar las cartas en espera, un mango de puñal de piedra tallada, registros, cuadernos, volantes, múltiples instrumentos o accesorios de escritura, una gran almohadilla, varios libros, un vaso lleno de lápices, una cajita de madera dorada (nada parece más simple que confeccionar una lista, pero es más complicado de lo que se cree: siempre olvidamos algo, estamos tentados de escribir "etcétera", pero en inventario no se escribe "etcétera". La escritura contemporánea, con raras excepciones (Butor), ha olvidado el arte de enumerar: las listas de Rabelais, la enumeración de los peces, propia de Linneo, en Veinte mil leguas de viaje submarino, la enumeración de los geógrafos que exploraron Australia en Los hijos del capitán Grant...).

Hace varios años que planeo escribir la historia de algunos de los objetos que ocupan mi mesa de trabajo; escribí el principio hace tres años; al releerlo, advierto que, de los siete objetos de que hablaba, cuatro están aún en mi mesa de trabajo (pese a que en el ínterin me mude); dos han sido cambiados: una almohadilla, que reemplace por otra almohadilla (se parecen mucha, pero la segunda es más grande), y un despertador de pilas (cuyo lugar de pertenencia, ya lo notaba entonces, era la mesa de noche, donde se encuentra hoy), reemplazado por un despertador de cuerda; el tercer objeto desapareció de mi mesa de trabajo: es un cubo de plexiglás formado por ocho cubos unidos entre sí de tal modo que pueden cobrar gran cantidad de formas; me lo ofreció François el lionés; está en otro cuarto, sobre una repisa de radiador, al lado de otros rompecabezas y juegos similares (uno de ellos esta en mi mesa de trabajo; es un doble tangram, un juego chino que consiste en dos veces siete trozos de material plástico blanco y negro que sirven para formar un sinfín de figuras geométricas).

Antes yo no tenía mesa de trabajo, es decir, no había una mesa expresamente destinada a ese propósito. Aún hoy trabajo a menudo en un café; pero en casi es muy raro que yo trabaje (escriba) fuera de mi mesa de trabajo (por ejemplo, jamás escribo en la cama) y mi mesa de trabajo sólo sirve para mi trabajo (una vez más, al escribir estas palabras advierto que ello no es del todo exacto: dos o tres veces por año, cuando hago fiestas, mi mesa de trabajo, totalmente despojada, cubierta de servilletas de papel –como la tabla donde se apilan mis diccionarios– se convierte en buffet).

Así, una cierta historia de mis gustos (su permanencia, su evolución, sus fases) se inscribirá en este proyecto. Con mayor precisión, se tratará una vez mas de un modo de delimitar mi espacio, de una aproximación algo oblicua a mi práctica cotidiana, un modo de hablar de mi trabajo, mi historia, mis preocupaciones, un esfuerzo para asir algo que pertenece a mi experiencia, no en el nivel de sus reflejos lejanos, sino en el corazón de su emergencia.
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Proyecto realizado en el marco realizado en el marco de la cursada de la Cátedra Manela de Diseño Editorial. 2018.
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