En el día del vacío. Del vaciado.
En la frente y en las sienes, en el pelo, siento en todo.
En el armado como recuerdos de las palabras cayendo,
en lo irrisorio como perfecta excusa.
Ahora solo tengo mis propias clavículas para afirmarme.
Ando espantando el sueño, mientras despierta salen sables de la boca cuando te cuento.
Miedo sentí, miedo sentí, miedo sentí cuando te vi.
Si el tiempo me lo permite,
iré haciendo un lado más la cama,
hasta que desaparezca y se vuelva olvido.
No te llamare por tu nombre en un tiempo. Esta es la más dulce ofrenda de muerte que haya escrito.
No te llamare por tu nombre en un tiempo.
Andan rondándome desde adentro torbellinos de aire caliente y espeso.
Anda la locura en pena penándome. Me toma y me sacude, me hace un nudo y me suelta.
Andamos cubriéndome de hojas de diario pegadas a la mollera, quizás asi la tinta se pase y como un tatuaje me llene de información barata.
Quizás sería más entretenida, aunque el tema aquí es otro. Es tu sangre cuando caminas y la mía como antecedente  a mal presagio, envenenándote.
No te llamare por tu nombre en un tiempo.
Cobijaste mi alma en furia, con esa mala calma sin huracanes ni torbellinos ni tierra negra. Con ese coraje temblando siempre.
Le vamos rehuyendo al tiempo, y pensar que ahora solo tengo mis clavículas para cobijarme.





Fotógrafo: El Mesa
Texto e interpretación: Duncan Lotte