Artículos / Revista Metrónomo / 2015 - 2016
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Una sombra en el cruce de caminos: A Robert Johnson y sus demonios.
Perfil del bluesman Robert Johnson.
De uno de los bluesman más influyentes de la historia se sabe muy poco, casi nada. Robert Leroy Johnson, nacido el 8 de mayo de 1911 en un caserío llamado Hazlehurst, a una hora de distancia del río Mississippi, tuvo una vida tan corta y oscura como sus canciones.

Engendrado con la mismísima maldición de ser bastardo, negro, nieto de esclavos y pobre en un país azotado por el racismo, el clasismo y cuanta segregación pudiese haber, Johnson tuvo la osadía de dejarse llevar por la música, de querer crear en medio del desierto, del barro, el polvo y la Nada.

En su infancia aprendió lo básico sobre tocar una guitarra. Cuando vio la oportunidad, quiso demostrar lo que sabía en público, pero fracasó. Anduvo las tierras, las plantaciones, todas las granjas del Mississippi junto a su madre. Llegó a Robinsonville a los dieciocho y conoció al amor de su vida, una chica de dieciséis años. Un año después ella muere pariendo a su único hijo, quien también muere esa misma tarde, bajo el sol inclemente de la sabana.

Son House, un veterano bluesman de Robinsonville, le enseñó algo de guitarra y una noche lo dejó tocar en un baile. En dos minutos, Son House le arrebató la guitarra de las manos y lo bajó a patadas del escenario, pero lo que más le dolía eran las risas de los pocos asistentes. Se marchó con las manos crispadas, el ego herido y la promesa de volver.

Robert tomó rumbo hacia otras tierras. Quería tocar guitarra como nadie, pero no quería morir de hambre como todos. Buscando a su padre, regresó a su pueblo natal. Y allí, en un cruce de caminos en medio de la nada, encontró el talento que buscaba: hizo un trato, se volvió un mito, un ícono en la historia del rock. 

El joven Robert escuchó que si se sentaba en aquel lugar el tiempo suficiente, un hombre aparecería y le cumpliría cualquier deseo. Con la paciencia de quien no tiene nada en el mundo, se sentó en el cruce a esperar por días. Una tarde, cuando estaba a punto de renunciar a su idea, un hombre que pasaba lo saludó, le preguntó una dirección y después le pidió su alma a cambio de tocar la guitarra como nadie.

Igual que Niccolo Paganini lo había hecho doscientos años antes por un violín y años después Francisco el Hombre haría lo propio por un acordeón en las sabanas caribeñas de Colombia, Robert aceptó cambiar su alma por una guitarra.

Lleno de seguridad, y con ganas de revancha, regresó con Son House para tocar en el baile. Por puro morbo y para reírse un rato, dejaron que se subiera al escenario. Tomó su guitarra Kalamazoo KG-14, la afinó y conjuró su "Me and The Devil", tocando como nadie lo había hecho. Esa misma noche, nació la leyenda de su pacto con el diablo.

«No importa dónde entierres mi cuerpo cuando me haya ido y esté muerto. Si quieres puedes dejarlo al lado de la carretera para que mi viejo espíritu maldecido pueda coger un autobús y salir a pasear», pide Johnson en “Me and The Devil”, una de las únicas veintinueve canciones que se conocen de él, todas grabadas dándole la espalda al micrófono, mirando hacia la pared de la habitación 414 del Hotel Gunter, tal vez como una condición de su pacto.

Después de aquella noche, la leyenda de Johnson creció y se expandió por todo el Delta del Mississippi. En cada pueblo que visitaba repetía su rutina: en las tardes tocaba en las calles, los parques y donde pudiera por los centavos que la gente le daba; en las noches, tocaba por Whiskey en las cantinas, siempre dando la espalda al público. Seducía una chica (soltera o casada, no importaba) , se cambiaba su nombre, se inventaba apodos, se marchaba como había llegado: sin nada.

Su muerte fue tan precipitada y corta como su música. A los 27 años, después de tocar cerca de Greenwood, Mississippi, agonizó durante tres días de fiebre, dolor y convulsiones por el veneno puesto en su copa por algún esposo celoso o una vieja amante traicionada. Murió aullando de dolor sin nadie para oírlo, sin una mujer y sin un centavo en su bolsillo. 

«Fui al cruce de caminos y me arrodillé y le pedí al Señor: ‘ten piedad, y salva al pobre chico por favor’» canta su “Crossroads blues” (el blues del cruce de caminos), quizás sabiendo cómo terminaría su propia vida, quizás repitiendo lo que el hombre del camino le susurró antes de irse.

Un epitafio puesto en alguna de sus tres tumbas en tres lugares diferentes reza: «Cuando deje este pueblo, voy a decirte adiós, adiós… Y cuando vuelva de nuevo, tendrás una gran historia qué escuchar», versos de su canción “From Four Until Late”. Su gran historia aún se cuenta y lo opaca, lo supera. El gran músico que fue queda detrás de su leyenda. La dedicación y el trabajo, la testarudez de decirle no a la fama, al trabajo del campo, a la familia, al amor, a la vida monótona del hombre 'común'; todo eso queda detrás de la gran sombra que aún se posa en algún cruce de caminos, cerca a la orilla del Mississippi.

Al final, sus demonios fueron mundanos y no espirituales: mujeres, alcohol, excesos y dinero. Su verdadero pacto y demonio fue su música, fue él mismo y su guitarra. Fueron sus notas desgarradas, tocadas con más entrañas que uñas; sus letras condenadas a ser un aullido mortal que recorre el mundo y que le recuerdan su naturaleza efímera, finita: «es difícil de decir, lo sé, pero todo tu amor es en vano».

Y cuentan que si un solitario se posa en la oscuridad de la media noche en un cruce de caminos y toca un blues, un hombre negro y alto con sombrero irá a escucharle, luego tomará su guitarra, la afinará y tocará la misma canción de tal forma que le hará vibrar hasta el alma.
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Ian Curtis: Retazos de un lugar solitario
Reseña/Perfil de Ian Curtis, vocalista de Joy Division.
'Cuando Ian se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre una cama convertido en un ser humano.
Así podría comenzar su historia, de haber sido escrita por Kafka. Y continuaría:
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas.
La mirada de Ian se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso –se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana– lo ponía muy melancólico.
«¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las locuras?».'

Era domingo cuando Kafka empezó a escribir La metamorfosis. Dice el escritor Juan Forn que tres días antes había sido el día más feliz de su vida: la mujer amada le había hablado de tú por primera vez, pero desde entonces ni una carta de ella. Kafka espera en cama ese domingo, no se ha levantado, oye a la familia desayunar y luego almorzar en el comedor, por la tarde le escribe a Felice (su amor) que se siente insignificante: "A menudo dudo de que sea una persona. Si no escribiera yacería en el piso, digno de ser barrido".

Inspirado por el escritor checo, Ian escribe también sobre su cotidianidad; sobre la vida de un joven veinteañero en una ciudad consumida por la era industrial, en decadencia y sin mucha fe en el futuro; sobre un matrimonio prematuro, fracasado y lleno de engaños; sobre la fama, sobre el desdén de las rutinas y el desgano de la existencia misma; sobre la muerte, la soledad, la locura y la enfermedad.

Bajo el lente del director Anton Corbijn, la historia de Ian Curtis comienza de una manera similar a la de Gregorio Samsa: Ian, sentado en el suelo al lado de su cama, con los pies recogidos,  recrea las líneas de su canción “Heart and Soul”:


«Existencia… bueno ¿Qué importa? Existo en los mejores términos que me son posibles. El pasado hace parte de mi futuro y el presente está fuera de mi control.»

Como si fuese un insecto dudando de su existencia después de amanecer siendo un humano: así comienza esta película y con esta cita da casi que un resumen de lo que fue la vida del vocalista de Joy Division y, por su puesto, de lo que es Control, su biopic estrenada en 2007.

Sam Riley es el elegido para recrear a Curtis. Con algo de ayuda de sus rasgos similares, Sam recrea de manera lúcida a Ian, lo acerca al público, se muestra como una ventana a la realidad del personaje. O por lo menos la realidad que cuentan de él: un hombre algo introspectivo pero amable, complaciente con las personas cercanas, incapaz de dañar a su esposa o de negarse a los caprichos de sus compañeros de banda. A veces entregado a su propio placer y a sus locuras, a lo que la vida le ponía en frente (una mujer, un viaje, una aventura, una forma de morir). Enfermo y con miedos, como cualquiera de nosotros.

Más allá de eso, los temas musicales que acompañan la cinta aparecen perfectos en cada situación, hasta el final, el sepelio de Ian acompañado de “Atmosphere”.


En 24 hour party people, la película de 2002 dirigida por Michael Winterbottom, la aparición de Joy Division e Ian Curtis es tan escasa como caricaturesca. Lo que muestran es un Ian bastante ido, desposeído y descontrolado y la interpretación de Sean Harris se queda muy corta ante el personaje, tal vez por el aire de la película, que se centra más en la historia de Tony Wilson y su manera un tanto humorística de narrar.

Riley lo revindica, le regresa su dignidad. Muestra al mundo el “chamán”, el “poseído”. Lo muestra como “un canal para la expresión del espíritu de los tiempos. Un pararrayos”, como lo llamó Martin Hannett, productor de Unkown Pleasures. “No necesita uno ponerse místico para ver a Curtis de esta forma, para percibirlo como alguien cuyo propio dolor privado, de alguna manera, consiguió funcionar como un prisma para la cultura en su conjunto”, apunta Simon Reynolds sobre esto.

Después de grabar su último álbum, Closer, intentó suicidarse una vez con pastillas pero no tuvo éxito. Tiempo después lo intentó de nuevo y lo consiguió ahorcándose en la casa donde vivían su esposa y su hija, el 18 de mayo de 1980, a los 23 años. Al fondo, sonaba “The Idiot” de Iggy Pop y se reproducía una película de Werner Herzog.
Su última canción escrita fue “In A Lonely Place”, interpretada por muchos como la confesión de sus intenciones por la gran cantidad de referencias y similitudes con su muerte:

«Acariciando la piedra y el mármol,
El amor que fue especial para alguno,
Ahora es un residuo de fiebre caliente,
Cómo deseo que estés acá conmigo ahora.

Cuerpo que se enrosca y muere,
Y comparte esa terrible luz del día,
Caliente como un perro rodea tus pies,
Cómo me gustaría que estuvieras aquí conmigo ahora.

El ahorcado mira a su alrededor mientras espera,
El cable templado se aprieta y se rompe,
Algún día moriremos en sueños,
Cómo me gustaría que estuviéramos juntos ahora.»

Si Franz Kafka hubiese escrito la vida de Ian Curtis, tal vez no habría demasiadas diferencias con lo que cuentan que pasó. Aunque tal vez el final incluiría una manzana y no una cuerda.
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