Continuidad en las plazas - BCN Més magazine
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Continuidad en las plazas is a short tale from Wara de Ormaechea which I Illustrated. It appears in Arroz Negro section included in december's issue (the last of the year!) of BCN Mes magazine, an independent publication from Barcelona.



CONTINUIDAD EN LAS PLAZAS 

Enciende un cigarrillo, le da una calada y, al tirarlo, ve que cae justo al lado de un chicle rosa. Esas manos le son extrañas, las mira y, definitivamente, podía sin ninguna duda afirmar que no son suyas, que las lonjas de carne y hueso que comunican esas manos con sus hombros, son alucinación. La duda le nace al verificar su piel dibujada, lineas que se encuentran y marcan múltiples formas. Por fin había conseguido tatuarse todos los brazos. Las marcas de las palmas, se supone que en esas lineas esta escrito todo lo sucedido y lo por venir. Mira esas lineas y no sabe o no recuerda como leerlas. 

Natalia vive en un barrio que más bien parece un pueblo, es sábado temprano y ha ido a la terraza del bar donde va cada mañana antes de empezar el día. A su derecha está el grupo de ancianos que soportan las mañanas con un único café y que, muy de vez en cuando, deciden tirar la casa por la ventana y pedir el mini bocata del día. Un chico se para a hablar con dos señoras. Tendrá unos treinta años. El joven aguanta a duras penas una coca-cola en la mano y una cara que delata una noche agitada, sus ojos tienen un contorno oscuro que parece estuviera hundido en la noche de un concierto madrileño de los ochenta. Ropa negra y pelo negro enmarañado. - ¡Hombre, Juan!- dice una de las señoras -¡ya creíamos que te habías muerto!- Natalia ya se olvidó de las manos y de las marcas, ahora se divierte con la ironía, con lo extraño, pero cotidiano, del comentario de una señora que casi triplica la edad del joven. Natalia sonríe, pero no pasa nada porque nadie la ha visto. Y lo apunta. Lo apunta todo en una libreta, con sólo tres hojas en blanco. 

Si se sentaba en las terrazas tan a menudo no era porque le gustase sentir el frío en sus huesos durante el invierno, ni porque se tomase como deporte de riesgo pelearse con otros paseantes por una silla. Más bien era porque le gustaba sentir esa sensación de formar parte de rituales ajenos, aunque nadie reparara en ella. Natalia observaba mucho en aquellas mañanas, el comportamiento de la gente, las relaciones humanas, eso la distraía. Pero lo que no conseguía aprender, aunque muchas veces veía en todos aquellos individuos que pasaban por esas mesas, era a estar satisfecha de si misma y de su vida. Por eso le gustaba imaginarse diferentes vidas, las que de un modo u otro le gustaría tener. 

En el grupo de turistas, tres mesas a su izquierda, hay una chica que se pone la servilleta en las rodillas y se limpia la boca con las manos. Que absurdo, piensa. Al pie de una mesa cercana, un perro mira a su dueña muy atentamente, espera que las migas caigan de su cintura, ella le busca la mirada pero el animal solo mira hacia abajo. Deja el intento y descubre a una nueva, una camarera que no conoce. Será su primer día, se mueve aún nerviosa entre las mesas y no aparta la mirada de los vasos de café en la bandeja. 

Con cautela se detiene en cada detalle de la plaza, la ve diferente pero no llega a saber que parte del todo se presenta cambiada. Es la misma plaza pero al mismo tiempo no lo es. Siente el deseo de caminar sin rumbo, por callejuelas, calles estrechas y profundas, como si de grietas se tratase. Con balcones fragilmente iluminados por el sol, los rayos cayendo sobre la ciudad tan tranquilos que ella no podría sentirlos, pero sí los vería y así recordaría el calor. Recordaría, no con la piel, con los ojos. Y mientras daba esos pasos ciegos, borrachos y sin rumbo, notaría como las casas, las piedras de esas casas se esforzarían en no dejarla ir, grietas que sin cerrarse la atraparían sin cortar su avance. 

Camina y sabe perfectamente a quién se esta dirigiendo cuando habla, dice pero en realidad no emite sonido alguno. Curiosamente también sabe cómo será la conversación a cada momento, cuál será la respuesta, y cada gesto, muecas, silencios y modos. Todo ocurre tal cual lo imagina. 

Sigue caminando, ahora está en una casa, con mucha luz, ventanas muy grandes y cortinas muy pesadas. Es un conocido el que abre la puerta. -Pasa, te enseño la casa.- Natalia no sabe muy bien porqué pero está allí y punto. El hombre se la enseña como si de un inmobiliario se tratase. Aquí esta la habitación principal y aquí el estudio. Sube la escalera, nada en la primera habitación, nada en la segunda y la tercera puerta no la abre, la imagina. Siempre quiso tener una casa con terraza. Y emprende camino de vuelta a la plaza. 

Sentimiento de angustia se apodera de ella, no encuentra eso, eso que tiene que encontrar, no sabe qué es “eso” pero lo necesita, ay, no puede respirar, su corazón va muy rápido. Intenta caminar y no hay manera. Intenta correr y tampoco. Ay! que impotencia! Y de repente se para en seco, todo empieza a estar mas nítido, se para el tiempo y piensa. Mira a su alrededor y está en la plaza, la terraza donde se sienta casi cada mañana antes de empezar su día, y ve muchas mesas, un grupo de turistas, dos señoras que hablan muy alto, un grupo de ancianos que beben café, una anciana que come un bocadillo y a sus pies un perro. Y una chica de espaldas con un cigarro.