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Ilustración inspirada en el texto de Joaquín Crespo en colaboración con la revista El Monociclo
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Ilustración inspirada en el texto de Joaquín Crespo para la revista El Monociclo Marzo 2014
Texto Joaquín Crespo 
El pastor Ramiro estacionó su camioneta Chevrolet a un lado de la carretera, justo después de un chapa acostado medio despintado. “Este caserío me da buena espina, Fabián”, dijo el pastor a su compañero. Ramiro se bajó del automóvil e inmediatamente lo asaltó la humedad y el calor. Su camisa blanca ya estaba empapada de sudor. Dio un vistazo a su alrededor. Del otro lado de la calle solo había una estructura de madera en la que decía en negro: se venden sandias frescas. Pero no se veía a nadie. En su lado de la calle había una cancha de uso múltiple de cemento. Los dos arcos estaban oxidados y no tenían redes, y solo uno de los postes de básquet conservaba su aro. El suelo estaba cubierto de grietas en las que se asomaban hierbas. Detrás, había seis casas de caña con techo de zinc, esparcidas de forma irregular por el terreno y al fondo un muro de unos tres metros protegiendo lo que parecían viejos almacenes de arroz. La casa más cercana al muro era también la más grande y tenía una antena de DIRECTV que apuntaba hacia el cielo.
 
El pastor decidió empezar con esa. Tomó su biblia y la puso debajo de su brazo, y le hizo un gesto a Fabián para que lo acompañe. A pesar de la incomodidad, el pastor se sentía entusiasmado, sus enseñanzas se habían esparcido rápido y tenido muy buena acogida, sobre todo en Manabí. Bueno, en general, esa misma suerte habían tenido la mayoría de movimientos evangélicos en la costa ecuatoriana, sobre todo en las áreas rurales. Por eso el pastor estaba convencido de que iba a lograr convertir a estas personas. Caminó hacia la puerta de la casa. Desde afuera se escuchaba el sonido de una televisión encendida. El pastor tocó la puerta y espero unos momentos. Volvió a tocar la puerta y solo en ese momento el volumen de la televisión disminuyó. “¿Quién es?”, gritó un hombre. “Soy el Pastor Ramiro”, respondió. Hubo un  momento de silenció y luego el sonido de pasos. Se abrió la puerta y apareció un hombre descalzo con un short caqui y una camisa verde abierta. Tenía el pelo negro corto, al estilo militar y una barba del mismo color que cubría todo el perímetro de su cara. Se notaba que su cuerpo había visto mejores días pero aún mantenía su solidez.
 
“Y ¿qué es lo que quiere?” preguntó el hombre. “Buenas tardes, soy el Pastor Ramiro y este es mi amigo Fabián. ¿Le importaría dejarnos entrar para hablar de Dios un momento?”, respondió. El hombre se quedó mirándolos un momento. Y luego hizo un gesto para que pasaran. Entraron a un pasillo minúsculo. Colgado en la pared, frente a la puerta, había una medalla. A la derecha, siguiendo el pasillo, llegaban a una sala pequeña, con una banca de madera cubierta con unos cojines que miraba directamente a una TV de pantalla plana y bastante grande. A los lados dos sillas plásticas. En medio de la sala, una mesa pequeña de madera. Al fondo, en la pared había una bandera del Ecuador junto a un recorte de periódico y un reloj. En la esquina, un aparador de mimbre con fotos familiares. Detrás de la banca había una mesa de plástico con más sillas y una refrigeradora. Junto a ella un lavamanos y sobre una mesita de madera una hornilla a gas.
 
 
El hombre se sentó en la banca y señaló las sillas. El pastor y su compañero se sentaron.
“Bueno señor, dígame, ¿cómo se llama?” Preguntó Ramiro.
“Mi nombre es Vicente Roca”, respondió.
“Bueno, Vicente que te parece si empezamos con una oración…”, el pastor abrió la biblia en el pasaje que siempre utilizaba, abrió la boca para declamar, pero enseguida el hombre lo interrumpió.
 “Un momentito, usted quiere hablar de Dios. Yo le cuento sobre Dios.” El pastor dudó por unos momentos, intercambió una mirada con Fabián, “claro, Vicente, cuéntame”.
“Verá, yo creía en Dios cuando era niño en San Clemente. Mi mamá me llevaba a misa todos los domingos y jugábamos fútbol con el párroco el segundo sábado de cada mes. Le rezaba todos los días. Hasta en la conscripción le rezaba de vez en cuando. Pero ahí en el Cenepa, en esa selva de mierda, no, ahí, entre los árboles, Dios no entra.  Ahí solo hay culebras, y bichos y minas y esos peruanos desgraciados. Dios solo se queda con los mayores y generales. Por eso deje de creer en Él, hasta hace poco.”
“¡Que alegría!”, dijo el pastor. “¿o sea que recuperó la fe en Dios nuestro salvador?”
“No, usted no me entiende. Mire esto”, dijo y señaló hacia la TV. En la pantalla se veía a dos hombres vestidos en traje discutiendo sobre fútbol, pero enseguida Vicente aplasto un botón del control remoto y la imagen cambió. La pantalla se dividió en tres partes; en la primera se veía un espacio abierto, con una hoguera en medio y un pequeño altar con la imagen de una virgen; en la segunda una habitación llena de literas maltrechas y en la última se veía una letrina destartalada. Pero lo que llamaba la atención era que en todas había hombres; hombres en harapos, peleando alrededor de la hoguera, tirados sobre las literas, o abusándose alrededor de la letrina.
 
“¡Dios mío!, ¡¿qué están haciendo!?”Exclamó Fabián, señalando la pantalla de la letrina.
 El pastor no podía creer lo que veía. Enseguida Vicente apuntó con el dedo hacia la habitación de las literas.
“¿Sí lo ven a ese hijeputa… ese que está apoyado contra la pared?” El pastor vio un hombre sin piernas, tirado justo debajo del altar, tratando de alcanzar las manos de la virgen. “Yo lo puse ahí”, continuo Vicente. “Lo encontré violando a mi niña. En ese mismo rato lo agarramos con mi compadre y le caímos a machetazo limpio. ¿Usted sabe cuántos machetazos se necesitan para cortar una pierna? Bueno, déjeme decirle que un machete no es como esas espadas que compra el calvo ese en histori, harto trabajo es. Solo no lo acabé en ese rato porque mi compadre me dijo de este lugar, pa’ que sufra toda la vida”
El pastor trató de mantener la calma; su primer impulso fue salir corriendo de ese monstruoso lugar. “¡¿Pero, pero señor, esto que tiene que ver con Dios?! ¡Él es amor, Él es compasión y misericordia, Él lo ve todo y perdona a los que se arrepienten!”
 
Vicente miró hacia el reloj y luego tomó el control de la TV y aplastó un botón. “Sí, tiene razón, Dios lo ve todo, yo lo veo todo y hago como Dios, dejo que pase todo, y peor aún desde que mi mujer y mi hija se largaron. Pero no se preocupe, que sí soy un buen dios, sí tengo esa misericordia, y hasta mi virgencita que me ayuda… verá, de vez en cuando dejo unas pastillitas para ratas en las manos de la virgen del altar… pero hoy no, hoy juega el Toño con el Manchester”, dijo señalando hacia la pantalla. “con su permiso, Pastor.”