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Crítica literaria: Las personas y las cosas (2020)
Las personas y las cosas: el libro de Roberto Esposito para entender la política actual

Las personas y las cosas es una dicotomía naturalizada en nuestro tiempo. En la historia del pensamiento occidental se pensaron los límites que existen en esta dualidad. Roberto Esposito en su libro Las personas y las cosas propone una aproximación de dónde viene la idea que tenemos de personas y de cosas, y a su vez, presenta una crítica al vocabulario filosófico, jurídico y político al que estamos supeditados.

1° Capítulo: Personas

El primero de los tres capítulos que componen este libro de 155 páginas se titula “Personas”. Esposito comienza analizando los fundamentos de esta división, provenientes de la antigua Roma. Algunos individuos eran reducidos a la esclavitud y rebajados al status de «cosa». Todos los habitantes en algún momento de la vida, como en la infancia o en caso que se convirtiesen en deudores, se encontraban en un estado de cosificación, sujetos a la voluntad casi ilimitada de otros hombres (fueran padres o deudos).
En esto, el autor identifica dos conceptos claves. Primero, la inferioridad con la que el ser humano identificó la noción de objeto, formando parte de la estructura en la que se creaban los status. Lo curioso de esta inferioridad es que los objetos son necesarios para el sistema de vida de los individuos. La otra idea es que desde entonces, la relación de los hombres con las cosas determinan la relación de ellos entre sí. El poder se basó, ante todo, en la capacidad de hacer uso de las cosas, de apropiarse de ellas y así dominar a quienes no pudieron apropiárselas. Las cosas sirvieron como organizadora de la sociedad.
Es interesante también estudiar la idea de cosa para la tradición cristiana. Esposito afirma que “la categoría de persona es aquello por lo cual una parte del género humano, pero también de cada hombre, se ve sometida a otra” (p. 34). Así, lo que en el derecho romano era una división funcional, en la teología cristiana, el liberalismo y el personalismo del siglo XX, constituye una división ontológica. El cuerpo en la tradición liberal (heredera de la teología cristiana) asume la propiedad de cosa, en tanto separación de la mente.
En el pensamiento cristiano la división entre cuerpo y alma remite a las dualidades: lo humano y lo divino, lo corpóreo y lo espiritual. Lo espiritual es lo que trasciende, siendo lo corpóreo una cualidad humana imperfecta, sometida a los acontecimientos del mundo y de las sociedades. Esta dicotomía sacralizada impulsó a los pensadores en el renacimiento y la modernidad para ubicar al hombre, en tanto ente social.
En la filosofía moderna, el individuo en el que piensa John Locke es consciente de las consecuencias de sus actos, lo que lo convierte en jurídicamente imputable. Por su parte, Immanuel Kant avanza en esta línea, estableciendo una diferencia de esencia entre la parte animal como cosa y la parte racional. En esta lógica, es posible distinguir entre un ser humano y una persona. Los viejos, los enfermos, los niños, no son plenamente personas pues no pueden identificarse plenamente como “agentes morales”. Entonces, la persona es un cuerpo jurídico.

2° Capítulo: Cosas

En este capítulo, el filósofo italiano sostiene que así como el hombre necesita producir cosas para existir, las cosas existen a partir del sujeto y de su poder creativo. Necesitan reproducirse e intercambiarse para habitar este planeta. Tal como las pensamos, se ven reducidas a objetos desmaterializados y serviles para el hombre. Platón hablaba de que la cosa se divide entre lo que es y lo trascendente de sí misma. Separando así la forma de la materia.
Aristóteles, por su parte, introduce la idea de motor inmóvil que pone la cosa en movimiento haciéndola aparecer como una creación. «Al entrar en el dispositivo de representación o de producción, la cosa ahora transformada en objeto, depende del sujeto, perdiendo así toda su autonomía”, (p. 65). La ley en Kant vacía las cosas por su necesidad de generalizar, de volverlas abstractas. Las cosas se desmaterializan, se vacían de contenido, se definen por el uso que las personas le dan.
«Solo al perder su existencia concreta, los seres son lingüísticamente representables”, dice Esposito (p. 76). Enfatizar la individualidad de una cosa requiere conocer todo lo que una cosa no es. Así, las cosas existen atravesadas por la nada de la cual han sido creadas. Karl Marx describe la forma en que las cosas son aniquiladas por el valor económico, reduciendo algo con propiedades intrínsecas a una serie de parámetros objetivos.
Cuando el hombre las convierte en mercancías, es el hombre quien se cosifica. Con la posibilidad de reproducción infinita de las cosas que incorpora la industria, el hombre cree emanciparse del poder éstas, pero en realidad se convierte él mismo en una pieza intercambiable, reproducible y reemplazable.
Finalmente, con Jean Baudrillard y la llegada del simulacro, los signos pasan a intercambiarse entre sí perdiendo su nexo con un referente objetivo. La Cosa (con mayúscula) se presenta sin su red simbólica que nos protege, presentándose incandescente, violenta, nauseabunda.

3° Capítulo: Cuerpos

El último capítulo aborda el problema de nuestro léxico jurídico, filosófico y político, basado en la división entre personas y cosas sin atender a la especificidad del cuerpo como mediador. Fuera del derecho, que omite al cuerpo en su especificidad y la filosofía moderna, que lo ubica en la categoría de objeto, “el cuerpo es lo que el sujeto reconoce dentro de él como diferente de sí mismo” (p.105). La mente es la que controla el cuerpo como un operario controla una máquina. El cuerpo se entiende como nuestro ejecutor de acciones. La idea de esclavo como ejecutor se reprodujo en nuestro cuerpo, en tanto objeto.
Pero hay otra línea en el pensamiento moderno, que parte de Baruch Spinoza, según la cual una mente privada de cuerpo es inconcebible. Esposito propone abandonar el predominio de la razón, ya que “es paralelo al predominio de lo propio sobre lo común, de lo privado sobre lo público, del beneficio individual sobre el interés colectivo. Esto ocurre cuando el impulso a la inmunidad prevalece sobre la pasión por la comunidad” (p.111).
El autor se apoya en Friedrich Nietzsche, quién asoció el conocimiento con el dominio de los cuerpos, verdaderos campos de batalla de la política. De esta forma, contra los mecanismos inmunitarios que protegen del cuerpo y de lo común, pero en el mismo proceso ahogan la comunidad, el autor propone “reabrir los horizontes de la mente a la vitalidad del cuerpo” (ibid., p.112).
El «Cuerpo» en Esposito es aquello que conecta los seres humanos con las cosas. Es nuestro horizonte perceptivo, “yo no tengo, sino que soy mi cuerpo” (p. 116). Por su parte, aquellas cosas que conservan un marco simbólico, están marcadas por el cuerpo, debido a que “llevan impreso el tacto de nuestras manos, las mareas de nuestras miradas, las huellas de nuestra experiencia” (p. 121). Afirmar el valor del cuerpo y devolverlo a lo común y lo impersonal no implica naturalizarlo. Esposito busca reconectar la técnica con lo humano y la naturaleza, porque negar la técnica es negar justamente aquello que debemos desarrollar.
El libro cierra con un giro hacia la política de masas, ya que la política, a diferencia de la filosofía y el derecho, hizo del cuerpo su eje. Esposito se opone al cuerpo político impersonal e imposible de contener por los canales tradicionales de participación: no el pueblo como equivalente de ciudadanía, sino el pueblo inferior excluido de los canales de representación.
La idea de cuerpo es política y por ende, es necesario una conjunción de los elementos que componen la estructura social. Solo si nos centramos en el cuerpo podremos revertir el proceso de despersonalización de las personas y desmaterialización de las cosas. Para tal caso, es preciso que renovemos desde la raíz el vocabulario (jurídico y filosófico) en el que pensamos y hacemos política.
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