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SEBASTIAN

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  • SEBASTIAN
    Sanses, Bastian, Sebastian, san sebastiano y otras alegorías.

    San Sebastián mártir, Adonis sufriendo o Apolo rendido por las flechas de Amor.
    Si a Hermes, el mensajero de los dioses, se le caracteriza por el caduceo, el símbolo y herramienta propia de Apolo, dios de la luz y la belleza, es el arco. Casi recién nacido, con él va a matar a la Serpiente Pitón que fue verdugo de su madre por instigación de los celos de Hera. Igualmente, con la ayuda de su hermana gemela Artemis, asaetean a los hijos e hijas de Niobe hasta la muerte porque, orgullosa de su fertilidad, había despreciado a Letona, que sólo había tenido a los gemelos.

    Al inicio de la Ilíada, el dios, airado con los aqueos a causa del desprecio que ha recibido su sacerdote, Crises, “descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentose lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres”.

    La peste, se asimiló a los flechazos del dios, por su rapidez en dar muerte, como por su distribución ciega y aleatoria, que alcanza tanto al señor como al villano.

    Los cristianos siguen padeciendo la peste en la  Edad Media, y cuando el azote de la misma se hace más fuerte, se busca, y encuentra, a un protector que haya superado el mortal ataque de las flechas, que resulta ser además protector de arqueros y soldados. El santo encontrado – más que escogido – es San Sebastián. Su historia se cuenta en La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, en la que se dice: que era un militar de carrera, amigo de los césares, pero que el año 288, por su cristianismo, Diocleciano le condenó “ser llevado al campo, atado a una estaca y muerto a flechazos”. Y los verdugos le dispararon hasta dejarle “tan lleno de flechas como un erizo de púas”. Esa noche, “una mujer” fue a buscar su cuerpo para enterrarlo pero encontró que estaba vivo por lo que lo llevó a su casa y lo curó – aunque Santiago no especifica quién. Otras versiones aluden a santa Irene –. Una vez sano, volvió a enfrentarse a su verdugo, que esta vez se aseguró de que lo apalearan y sólo cuando estuviera bien muerto tiraran su cuerpo al río para que no se convirtiera en objeto de culto.

    Sebastián triunfó de nuevo, sobre el emperador, si bien en esta ocasión le alcanzó la muerte, se apareció después en sueños y su cuerpo fue recuperado y enterrado.

    José Espanquer
     
  • Sebastian v1
    © 2011
  • Sebastián atendido por un esclavo
  • Sebastián atendido por Irene
  • Sebastián, un soldado romano