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Caras y Sueños

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  • Caras de sueños
    Porque no todo lo veo como es, cuando sueño.
  • Estos son algunos de los sueños que tengo y algunas de las personas con las que sueño. Muchas veces, las personas tienen algo diferentes y pese a que no se ven como las conozco, puedo sentir que son ellas.  Este proyecto es simplemente esas caras y esos sueños.  Si alguien se anima a traducirlas, bienvenido sea.

    Si no podés leerlas bien aquí. También estan en mi blog. 

  • Habitación Remoto.

    Despierto en una habitación blanca. Muy blanca. Justo en el medio hay un televisor. Es un viejo SABA que teníamos en casa cuando era chico. 16 canales. Se ve en blanco y negro, pero si aprieto dos canales a la vez. Aparecen los colores. Quiero mostrarle esto a alguien. Christina golpea la puerta. Pero después la puerta desaparece. “Mostráme como funciona” me dice. Sólo que esta vez no tiene baterías el control remoto y no puedo hacer el truco de apretar dos teclas para que aparezca el color. Debajo de las paredes de la habitación se ven otros pies. Gente que quiere entrar. A pesar de que no hay puertas, ellos quieren atravesar las paredes. No se por qué, pero todo depende de demostrarle a Christina que puedo hacer que el televisor vuelva a tener color. Golpeo las pilas. Mágicamente el control funciona con sólo una. Cambio a color. Pero justo ella no me ve, porque está preocupada por que entren los que esperan fuera de la habitación. Lo vuelvo a intentar, pero ella ya no está ahí. Salgo de la habitación en búsqueda de ella. No eran personas, sólo pies sueltos, que se movían sin rumbo. Veo a Chris, escaparse al final de un blanco pasillo. Hay una televisión gigante y tengo que mostrarle que sé como hacer que el blanco y negro, se hagan color.
  • Colores de nada

    Durante un tiempo me preocupé mucho por la gente que tenía cerca. No podía dormir tranquilo. Sentía una presión enorme en cuidar de ellos. De que todo estuviese bien. Hacía calor. El aire acondicionado me acurrucaba y el sueño se me metió por las orejas. Despacito las figuras fueron apareciendo. Estábamos en el medio de un barco gigante que se hundía. Que se caía a pique. El barco estaba navegando sobre un mar de petróleo. Un naranja oscuro. Yo sabía que el petróleo es negro, pero sin embargo este era naranja y se veía oscuro como el negro. Pero sin dejar de ser naranja. Varios amigos corrían por la cubierta, uno a uno los ayudaba a meterse en pequeños barcos cuadraditos, pintados de blanco y azul. Ya habían salido casi todos, el barco comenzaba a hundirse por la proa. Cuando estaba por subirme al último, veo que un amigo seguía arriba. Pero si yo mismo lo había ayudado a subir en uno de los primeros barquitos. ¿Qué hacía ahí ahora? Con el agua por la cintura, pude ayudarlo a subirse al barquito que iba casi lleno. Estábamos desenganchándonos del gran barco, cuando escucho un grito. “Allá!” y sobre la borda, otro amigo que se quedaba. Les supliqué a los del barco que dieran la vuelta. Era otra vez él. El mismo amigo que había salvado 3 veces. El barquito no se quiso acercar mucho, por lo que tuve que saltar a nadar. Nadando, me crucé con varios amigos, todos flotando que estaban agarrados por una soga al último de los barquitos. Salía el sol.

  • Hunt. Run. Burn.

    Todo se prendía fuego. Pero de una forma lenta. Aunque a veces se aceleraba. Naranja. Amarillo. Azul. Rojo. Verde. Violeta. Todos esos colores sin embargo no hacía calor. Todo se quemaba a mi alrededor pero no sentía ni miedo ni nervios ni nada. Estaba en el medio de una caverna. No parecía haber escapatoria. Sin embargo una calma descomunal seguía tranquilizándome mientras las chispas y las llamas eran cada vez más grandes. Estaba solo. Es raro. Nunca sueño que estoy solo. El techo de la caverna se abrió y la luz fue tan grande que el blanco más blanco no alcanzaría para describir esa luz. Me sentí mucho más tranquilo aún cuando galopábamos hacia la montaña. Éramos cuatro si mal no recuerdo. Lucas era uno de ellos y no paraba de sonreír. Llegamos a la ciudad, después de pasar varios valles. Todo iba muy rápido. Los caballos casi volaban sobre el piso. El fuego parecía muy lejos. Sin embargo aún olía a humo. Los pies de los caballos desaparecieron tan rápido que cuando me descubrí sentado en un sillón, no me di cuenta que estaba haciendo. Intenté leer el numero de los canales en el control remoto, quería saber como había salido el partido. Era imposible mantener los números quietos, se movían de un lugar para el otro. Saltarines y cambiantes. Menos mal que me desperté sin transpirar.
  • Granada de vinilo.

    Estábamos durmiendo. De repente se escuchan explosiones. Salimos de la cama y caminamos a la terraza. En el cielo hay destellos azules y rojos. Es como si hubiese una guerra entre las nubes. Veo como la mayoría de los disparos salen de la tierra hacia el cielo. Pero de repente, desde el cielo caen una especie de torpedos. Son cilindros largos. De color azul y con unas líneas rojas alrededor. Impactan en los edificios, por todos lados. Uno de ellos golpea el nuestro. Me asusto mucho y mi único objetivo es protegernos. Se que en el sótano estamos a salvo. Bajamos corriendo como locos. Agarro mi bate y algunos vinilos. Supongo que recuerdo como ellos fueron útiles en “Shaun of the Dead”. Por más de que bajamos rápido. Los vecinos ya están debajo, haciendo una barricada que intenta detener a estos aliens con pinta de zombies azules. Como el superhombre de Watchmen. Uno de ellos intenta agarrar uno de los míos, en ese momento parto un vinilo y lo uso como cuchillo. Se lo clavo en el cuello, pero es como si todo fuese de goma. A duras penas queda clavado, pero el Alien se lo saca y me pregunta: “Por qué querés matarme?” Yo le respondo que veo como su raza está pulverizando a la mía. Cada vez que uno de ellos dispara, es como que las personas se convierten en un polvo que se esparce por el aire. El me mira y me responde “No estamos matándolos, estamos evolucionándolos. Ahora cada uno de ustedes es una entidad. Nosotros los elevamos a formar parte del todo. Del universo. De algo mucho mayor que simples formas.”
    Cuando me desperté, me quedé pensando en eso varios días.

  • Monoslobos Sacacorchos.

    Estamos en una torre. Llueve afuera y hace mucho frío. A pesar de que el lugar es gris y todo indica invierno, es verano. No hay ningún indicio que lo diga, simplemente lo sé. Estamos intentando entrar en la torre, porque estamos en una especie de terraza. La idea es refugiarnos de lo que hay afuera. Todavía no sé lo que es, pero asusta. Entran todos y sólo falto yo. Cuando me estoy por meter, unos pequeños monolobos me saltan en las manos. Son pequeños, unos 10 centímetros. Más que monos, parecen ardillas, pero tienen un hocico como de lobo, o mejor dicho como de mono de esos que tienen colmillos. Su pelaje es plateado, marrón y blanco. Tienen cuatro dientes muy grandes delante. Cuando se cierran, traban perfectamente, haciendo muy difícil volver a abrirlos. Me saltaron a las manos y a los pies. Me preocupaba que atacaran a los demás, así que me interpuse y por eso me atacaron. Los de adentro me gritaban. “No dejes que te agarren, te van a cortar los dedos” y yo pensaba, “Qué querés que haga? Qué deje que te los corten a vos?”. Y a pesar de que mordían con mucha fuerza y dolor. Yo les abría la boca y me los sacaba una y otra vez. Eran muchos y saltaban como los velocirraptors de Jurasic Park. Finalmente cerramos la puerta y solo unos 4 entraron conmigo. Tenía uno en cada mano y dos colgándome de los antebrazos. Golpeando mis brazos contra la pared, aplaste a 2. Los de las manos, me los sacaba, pero volvían a morder. Tenía las manos todas marcadas con muchas mordidas. Me desperté con una alarma a las 7 de la mañana. Cuando fui al baño y me miré al espejo, tenía mordidas en los labios.
  • Dientes & mandolín.

    Pocas veces sueño con dientes. En especial porque son los primeros sueños que olvido. Estoy como sentado en una silla. No estoy sólo hay alguien más ahí. No se si son dos o una persona. Me hablan en un idioma que no entiendo. Es como una especie de Alemán y Asiático. De fondo suena una pequeña mandolina. Me doy cuenta que estoy atado a la silla. No me puedo mover. Estas personas me van a comer al ritmo de la música. Pero después no son mordiscos. Son besos. Besos que me babosean el cabello. Las orejas. No son sexuales ni cariñosos. Son casi a un ritmo de baile. Me logro zafar de las cuerdas que me atan a la silla. Me paro y en ese mismo momento me despierto.
  • Humo humo humo.

    Era un bus muy chiquito. Muy chiquito. Sólo entraban personas de a uno. Y de lado. Me lo tomé en la esquina de Urquiza e Ituzaingo. Subió por Urquiza y dobló por Montecaseros. Era el fin del mundo, o al menos así se sentía. En una de las esquinas había una montaña de gente muerta que llegaba hasta el tercer piso de un edificio. Un gran demonio, con pies de cabra, torso humano y cabeza de dragón fumaba una pipa al mismo tiempo que masticaba personas. A nadie parecía darle miedo. En especial al conductor, que resultó ser un amigo, a pesar de que no me reconocía. Yo sabía que lo conocía, pero no era como lo recordaba. De repente, el me reconoció. Obligó a todos a bajarse del bus y me dijo. “Vos quedate, ahora nos vamos a escapar en serio” Juntos en el bus angostito. Cruzamos el mar y me dejó en Cibeles. Lo saludé y me desperté.
  • Insectos.

    Anoche soñé algo muy raro. Los insectos se daban cuenta que en realidad ellos eran los dueños del planeta, pero debido a su pequeño tamaño no habían podido generar grandes cambios. Sus piernas eran muy pequeñas, sus alas muy chiquitas. Además de eso eran tantas razas que les era imposible ponerse de acuerdo. Pero no se como, los insectos se dieron cuenta que podían apoderarse de los cuerpos de los humanos, metiéndose dentro y manejándolos como máquinas. El cuerpo humano tenia tantas puertas de acceso que era facilísimo ser abordado. Sólo tenían que llegar al cerebro e inutilizar una parte para que el resto pudiese ser manipulado fácilmente desde el interior y así lograr que los humanos hiciesen aquello que los insectos quisieren. La cosa es que hubo una gran rebelión y los insectos estaban por todos lados. Lo que empezó como una pequeña invasión en un pueblo, se desplegó por todo el mundo. Obviamente que el sueño estaba todo contagiado de películas americanas donde algunos sobreviven, y se refugian en algún lugar. Bueno, ese lugar era la casa de un amigo: Flaxon, que había logrado aislar toda la casa para que los insectos no entraran. Había conseguido aprender a hacer comida de ellos, por lo que tenia una especie de trampa donde los cazaba y después podía hacer comida con ellos. Ahí vivía él con sus dos hijos en una casa abandonada, que había reformado completamente. “Llegamos antes que ellos, me decía, mientras me mostraba las instalaciones de su casa.” En una habitación tenía una cama matrimonial, donde él había inventado una sistema donde, al levantar la cama, se descubría una especie de mini-laboratorio, en el cual el se encargaba de estudiarlos. “Para entender como matar a unos y no a otros”, me decía. Lo primero que los insectos hicieron, fue adueñarse de los grandes mandos. Se metieron dentro de los grandes decisores del mundo pero luego el poder se les fue de las manos y el resto de los insectos se comenzó a meter en gente normal y ahí fue cuando empezó esta guerra-invasión desmedida. Como siempre el sueño se desvanece a medida que pasa el tiempo, pero lo que si me acuerdo es como los insectos demostraron que estaban al mando del mundo, y eso fue cuando los lideres del mundo se reunieron en un mismo lugar y a la hora de dar el discurso inicial, hicieron levantar una cortina, donde los “verdaderos” lideres estaban colgando ahorcados. Raro, no?

  • No eran 4, eran 3.

    Muchos o uno junto. Todos ellos aparecieron en lo alto de una colina. El cielo estaba violeta, como el en video de Purpple Pills de Eminem. Los esperaba en lo bajo de la colina. Sentado en una bicicleta de tres ruedas. Cuando se acercaban, yo ya no estaba solo. Un grupo de amigos estaba conmigo. De ser varios, pasaron a convertirse en 3. Viejos que sólo vestían una camisa blanca y desnudos en la parte de abajo. Pelos largos pero sin barba. Uno de ellos tenía un sombrero de marinero. El que me hablaba nada. Simplemente esa camisa blanca, toda roída y deshilachada. Se suponía que estaba predestinado que habláramos. Una cosa de esas que no se sabe como, pero se siente. Era uno de los viejos que entendía el significado de la vida. La gran pregunta. La más importante de todas. El viejo era como que ya sabía de que se trataba esto. Se sonrío y esperó mi pregunta. En el preciso momento en el que le pregunté de que iba todo esto de la vida, no pude dejar de mirar como uno de mis amigos tenía pequeñas cabecitas que zumbaban, molestamente. Las hice callar y me decidí a escuchar. Ya era muy tarde. El viejo había hablado y estaba de nuevo caminando. Me quedé mirando el cielo violeta. Mis amigos se fueron en la bicicleta y otra vez sentí la sensación de que por un momento había entendido todo, aunque después se me olvidara.
  • Ahora vos.

    Despertó sin lengua y sobre una mancha de sangre seca en el piso. Quiso gritar pero solo un sonido gutural salía de su garganta. No le dolía, pero sentía un pedazo de carne en su boca. Se asustó cuando no recordó como había llegado ahí, ni desde cuando no tenía lengua. Sonó el despertador y fue como un mazazo de realidad. No reconocía la habitación. No sabía desde cuando ni donde estaba. No sabía si era su habitación o no. Buscó en los bolsillos de sus pantalones. Estaban todos vacíos. Incluso no recordaba como había conseguido esos pantalones de gimnasia. Se demoró un tiempo en darse cuenta que la habitación no tenía puertas. Sin embargo había una cama, una mesa de luz, un sofá y una biblioteca. Las paredes estaban decoradas con un papel tapiz verde fluo, pero muy gastado. El techo era de yeso y una lámpara de tubos fluorescentes estaba encendida. La alarma volvió a traerlo a la realidad. No había hora, simplemente todas las luces del reloj estaban encendidas. 88:88. Se paró para apagar el despertador. No se si el miedo o simplemente costumbre, hizo que lo que menos le preocupara fuese el no tener lengua, sino que todo esto acabase. Se metió en la cama e intentó dormir. Recordar. Se tapó los ojos y comenzó a respirar profundamente. Estaba convencido que todo acabaría y esto no era la realidad. Era uno de esos malos sueños. A pesar de que todo se veía y sentía tan real. No podía ser verdad. No había razón. Intento dormir. Pensar en nada. En calles llenas de gente. De amigos. Intentó recordar caras familiares pero no pudo. Se le desdibujaban. No se acordaba de nadie. Me despertó de un grito. No, no, no, decía mientras se tocaba la boca. Me contó todo su sueño y luego me preguntó donde viven los sueños que no queremos. Esas pesadillas que dejamos de lado. Si nosotros nos sentimos reales, ¿será que los sueños también así se sienten?. Nuestras pesadillas existen incluso cuando no las soñamos? Nos están esperando? Y mientras lo hacen, que pasa? Cómo se entretienen? Cerró los ojos y volvió a dormir. Me dejó con un gusto amargo en la boca y los ojos bien abiertos.