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Ballard y otras reflexiones

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  • El señor Ballard se observa en el reflejo de la puerta de entrada mientras mete la llave en la cerradura. Está un tanto desaliñado. Ha estado lloviendo y el paraguas se ha quedado en la oficina, debajo de la mesa, al lado de la papelera con garabatos fruto de una insulsa llamada a cliente y de pensamientos inconscientes y azarosos.
    Abre la puerta de casa y enciende la luz. Miquel está allí, de frente, observándole, como siempre. El señor Ballard observa:
    - Qué cara de cansado tienes...
    - He tenido un día... A primera hora de la mañana, justo después que salgas por la puerta, voy a correr. De bajada por paseo Sant Joan, veo, al fondo, a Mar, esa muchacha francesa que debe de vivir por aquí cerca. La que te has cruzado algún día en la panadería, de pelo corto y tez blanca, aquella a la que en verano, cuando lleva ese vestido color crema y flores verdes, se le dibujan los muslos en la tela como sombras chinas. Justo cuando la alcanzo, el semáforo de Provença se pone rojo. Ambos nos detenemos. Suerte la mía que, en el momento en que he apartado la vista de sus posaderas prietas, ella me mira. "Hola" me dice. ¡Me ha dicho Hola! ¡Hola! Con sus cuatro letras, incluida la muda. Le devuelvo el saludo, no el suyo, por supuesto, ese me lo he quedado para mi. Le devuelvo otro Hola, distinto, pero también con cuatro letras. Aunque, ahora que caigo, no sé si me habré dejado la hache con los nervios. Y de esos dos Holas, entrelazados y entrecruzados, ha emanado una conversación entera que ha durado exactamente 2,3 kilómetros, 32 minutos, y 232 palabras. Para entonces volvíamos a estar aquí. Nos despedimos con 4 besos, 2 suyos y 2 míos, y nos hemos dado los números de teléfono, 18 cifras en total, divididas a partes iguales, 9 para ella y 9 para mi ¡Ha sido todo tan matemático!

    Como y descanso la vista en sueños en 8mm. El sonido del butanero me desvela y un fade in de luz anaranjada me presenta una tarde con un 80% de probabilidad de lluvia. Salgo. Gana el 20%. En el andar y desandar de callejuelas del barrio doy con un petit comité que celebra la inauguración tardía de una librería. Decido entrar. Desde los estantes, Fitzerald, Toole, Cortázar, Fogwill y otros tantos de caligrafía común, observan a pseudocríticos literarios, devoradores de libros y aficionados lectores comentar sus obras maestras y no tan maestras. Conozco a Lluís y a Blanca, una pareja de inmigrados a la capital desde comarcas más verdes y con más olor a leña. Inmersos en la conversación, nuestra parte menos racional del cerebro va alejándonos de la librería y acercándonos a una barra de bar. Tres cervezas. Y seis más para llevar. Puestos a llevar, decidimos dejarnos llevar por la parte menos racional del cerebro, que como en un intento de ir trazando puntos, como si de un juego de niños se tratara nos lleva del bar al mar, y del mar a Mar, y de Mar a amar, y de amar... después de amar ya poco más podía mejorar el día. Así que he vuelto a casa.
    Y aquí estás, y aquí estoy. Pero, ¿qué has hecho tú hoy?
    - ¡Bf! - exhala - Nada. Lo de siempre. Casa, oficina, oficina, casa. Mucho trabajo, demasiado. Pero bien. Sobreviviendo.

    El señor Ballard cuelga la chaqueta en el perchero, deja su maletín sobre el banco de la entrada, y sigue el pasillo hasta el final, hacia la luz, la de las farolas de la calle que se cuelan por el ventanal del comedor, indicando que se ha hecho demasiado oscuro y demasiado tarde como para intentar sacar ganas para hacer algo que no involucre un sofá, un par de bostezos de hastío y una sopa de sobre.
    El día siguiente transcurre en tempo similar, como marcado por un metrónomo. Aunque no ha llovido el reflejo del señor Ballard en el cristal de la puerta de la calle se revela de nuevo zarrapastroso. Llega a casa. Al encender la luz aparece Miquel, como siempre, delante suyo.
    - Qué cara traes...
    - ¡Bah! Otro día correcto. Normal. En la oficina.
    - Uf... ¡Pero si ha hecho un día delicioso!
    - Ves, por eso no me gusta hablar contigo, tus días son exactamente como quisiera que fueran los míos, como los imagino desde el escritorio de mi oficina, o cuando llego a casa después de otro día insulso.
    - Bueno en realidad, ha sido un día tranquilo, pero es la propia belleza de un día tranquilo y sus pequeños detalles, ese jenesaisquoi que dicen los franceses, o don'tknwowhat de los ingleses, o algo con muchas consonantes y escasas vocales que deben decir los alemanes.
    De buena mañana, tal como has salido por la puerta, me acomodo a leer. Tres Tristes Tigres. Ah! Cabrera Infante, qué artista, qué artimañas, ¡qué artífice de palabras! De fondo Chopin hace su magia. Voy al mercado a la parada de delicatessen vegetales de monsieur Jeunet: verduras, hortalizas y tertulia política recién llegadas de la huerta, frescas, fresquísimas, encara velluga.
    Como, y de repente me acuerdo de esa caja de carretes por revelar que hay en la despensa. Baño, luz roja, químicos y pasado capturado en escasos centímetros cuadrados de película fotográfica. Nostalgia y felicidad en dosis aleatorias y desiguales. Mientras maceran las fotos en las bandejas blancas, en algún lugar entre la pared, ahora rosada por efecto de la luz, y el fondo de mis ojos las escenas congelados han empezado a moverse, a oler, a saber y a sonar. Se ha hecho tarde, y has llegado.

    Se hace el silencio. El señor Ballard suspira, con la cabeza gacha y se frota los ojos. Ambos se miran, disienten mudos, y se echan la mano a la frente. Diestra y zurda respectivamente. Miquel desaparece mientras el señor Ballard deja su maletín sobre el banco y cuelga el abrigo en el perchero. Camino al comedor, vuelve a aparecer. El señor Miquel Ballard mira de nuevo su reflejo en el espejo. Se sonríe con la mente en algún punto entre la locura, el patetismo, y la ironía, mientras baja por el pasillo hacia un comedor atrezzado con la luz de las farolas de la calle. Se ha hecho tarde. Sofá, dos bostezos de hastío y sopa de sobre.